En la pequeña sala de descanso, la radio sonaba bajito mientras ella acomodaba productos. Entonces escuchó la noticia.
“Continúa el misterio por la enfermedad de Matías Alcázar, hijo del empresario Bruno Alcázar. Fuentes médicas reportan confusión, fuertes dolores de cabeza nocturnos, alteraciones cardiacas y coloración azulada en los labios…”
La botella de desinfectante casi se le resbaló de la mano.
Esas palabras.
Las conocía.
Cinco años antes, en un departamento diminuto en Iztapalapa, su hermano Daniel había tenido exactamente los mismos síntomas. Primero lo confundieron con gripe. Luego con agotamiento. Después con un virus raro. Camila, que entonces estudiaba ingeniería ambiental y todavía creía que los adultos siempre sabían más, insistió en que algo andaba mal. Nadie la escuchó. A la mañana siguiente, Daniel no despertó.
Intoxicación por monóxido de carbono, había dicho después un perito. Un calentador defectuoso. Un asesino invisible.
Camila sintió que el pasado le apretaba la garganta.
Esta vez no.
Esta vez no se iba a quedar callada.