Lo tenía todo. Todo. Solo tenía que ser buen hijo. Solo tenía que tener paciencia. Solo tenía que respetarme. Pero la codicia y el afán de su mujer lo nublaron por completo.
Al escuchar el monto y la condición, Citlali se dejó caer de rodillas sobre la banqueta mugrosa. Ella ya no chillaba. Ya no lanzaba ofensas. Se quedó ida, en shock, con la mirada perdida, sacando cuentas mentales de los millones que perdió por su propia necedad. Ella misma empujó a Anselmo a tirar la casa, y con eso rompió el billete ganador de la lotería.
Yo me quedé frente al altar de mi difunto. Acaricié la foto de Anselmo de cuando era apenas un niño. Volteé a ver la patrulla. No sentí rencor hacia mi hijo. El rencor consume y yo ya no pensaba desgastarme en él.
Lo que sentí fue una tristeza enorme, un pesar hondo por su necedad, por su falta de carácter, por haber escogido tan mal a quien tener al lado.
Pobre criatura, pensé.
Rosendo, mi viejito sabio, siempre lo dijo: el carácter es el que marca el destino. Y el de Anselmo era frágil.
Cerré el folder con cuidado. Efraín se me acercó.
—Todo le pertenece, doña Fidel —me dijo—. La ley se ha cumplido.
Asentí con la cabeza.
—Sí, Efraín. La ley del hombre se cumplió, pero falta la de Dios. Y esa, esa apenas comienza.
Me di la vuelta para irme. Mi hijo Anselmo me miraba, tal vez esperando que lo abrazara, que le dijera que compartiríamos el dinero, que todo iba a estar bien. Pero me quedé firme.
—La dignidad no se compra, hijo, y tú la remataste por nada.
Citlali ya sabía que el dinero se había ido. La vi voltear por todos lados, buscando una salida desesperada. Sus ojos bajaron a su panza. Ahí estaba su última jugada, su última artimaña para manipularnos.
Se paró, se sacudió la tierra de las rodillas y se me acercó, cubriéndose el vientre con una mano. Otra vez se soltó llorando, pero esta vez era puro terror.
—Espera, Fidel —gritó con la voz quebrada—. No nos hagas esto. Olvida el dinero. Piensa en la familia.
Volteó hacia Anselmo, que seguía chillando en la patrulla, y luego me miró como pidiendo clemencia.
—Estoy embarazada, Fidelita. Tu nieto está en mi vientre. Es el heredero de los Cisneros. ¿Vas a dejar que nazca en la cárcel? ¿Vas a permitir que pase hambre?
Anselmo, al oírla, levantó la cara. Sus ojos se encendieron con una esperanza ridícula. Se agarró de los barrotes de la patrulla como si fueran su única salvación.
—Mamá —dijo con voz quebrada—, es cierto. Citlali tiene razón. El bebé… hazlo por el bebé. Es mi hijo. Es tu sangre. Castígame a mí si quieres, pero no a un inocente. Por favor, mamá. Déjanos la casa por él.
Me quedé viéndolo. Me atravesó una punzada tan fuerte que casi me doblaba. Mi pobre hijo, tan ingenuo, tan perdido, listo para perdonar a quien lo pisoteó solo por creer que traía su hijo en la panza.
Metí la mano al bolsillo de mi delantal. Toqué el celular frío.
—No, Anselmo —murmuré—. No es por maldad. Es por justicia.
Saqué el teléfono. Volteé a ver a Citlali. Su expresión cambió al instante. El pavor en sus ojos lo dijo todo. Ella ya sabía. Sabía lo que yo tenía. Pero se lanzó hacia mí para arrebatármelo.
Pero el licenciado Efraín se le atravesó.
Le subí todo el volumen. Me acerqué a la ventanilla de la patrulla donde estaba Anselmo.
—Escucha, hijo. Escucha bien a la mujer por la que me traicionaste.