Apreté el botón de reproducir. El silencio de la calle hizo que todo se oyera fuerte y claro. La grabación de Domitila sonó nítida.
La voz de Fermín salió del altavoz:
—¿Y si Anselmo pide una prueba de ADN cuando nazca?
Luego la voz de Citlali. Esa voz que Anselmo conocía de memoria. Esa voz que le decía cosas dulces en la cama.
—No lo hará. Es un tarado. Cree que ese niño es suyo. Está tan ilusionado con ser papá que hasta firmaría su sentencia de muerte si se lo pido. Ese chamaco es tu boleto para vivir, Fermín.
A Anselmo se le fue el aire. Su rostro cambió de color: primero rojo, luego morado y finalmente blanco como la cal.
La grabación seguía.
—Mañana, en cuanto nos den el dinero de la casa, nos pelamos. Dejamos a ese perdedor y a su madre en la calle, y tú y yo nos vamos a Cancún, mi amor.
Detuve el audio.
El silencio que vino después fue brutal.
Anselmo volteó muy despacio. Miró hacia la otra patrulla donde estaba Fermín Gallardo. Fermín no se atrevía a sostenerle la mirada. Estaba hecho bolita en el asiento, con la cabeza baja y todo el cuerpo temblando.
Luego Anselmo fijó la vista en Citlali. Ella estaba parada sobre la banqueta, tapándose la boca con ambas manos. Ya no había forma de fingir. Ya no podía ocultar nada. La máscara se le cayó y lo único que quedaba era mugre.
Anselmo soltó un alarido. No era un grito común. Era el lamento de una fiera a la que le acaban de sacar el alma. Era el rugido de un hombre al que le acaban de destruir el corazón.
—¡Maldita!
Anselmo reventó el cristal de la patrulla con la cabeza.
Pum.
—¡Maldita sea, Citlali! ¡Y tú, Fermín! ¡Eran mis carnales! ¡Era mi vieja!
La rabia le dio una fuerza que no era de este mundo. Empezó a patear la puerta de la patrulla como loco. Todo el carro se movía.
—¡Ábranme! ¡Los voy a reventar! ¡Los voy a matar con estas manos!
Los oficiales tuvieron que lanzarse a controlarlo. Abrieron la puerta y entre tres lo sujetaron porque Anselmo había perdido el juicio. Le salía espuma de la boca. Lloraba y soltaba maldiciones que dolía oírlas.
—¡Me traicionaste! —gritaba mi hijo, mirando con odio a su esposa—. ¡Te lo di todo! ¡Hasta vendí mi casa por ti y el escuincle ni es mío!
Citlali dio un paso atrás, asustada por la furia de ese hombre tranquilo al que creyó tener dominado.
—Llévenselos —dijo Efraín con voz firme—. Por favor, llévenselos antes de que esto termine en tragedia.
Los policías metieron a Anselmo a la fuerza en la patrulla. Él seguía gritando, pateando, todo destrozado por dentro y por fuera. A Citlali la subieron en otra unidad que apenas llegaba. Ella ya no decía nada. Llevaba la cabeza agachada, derrotada, sabiendo que su farsa había terminado para siempre. Fermín, en la otra patrulla, se hizo bolita pidiéndole a los oficiales que no lo dejaran solo, porque sabía que Anselmo no iba a parar hasta cobrar venganza.