Lo que había eran puras fotografías. Cientos de imágenes que contaban la vida de Anselmo. Anselmo dando sus primeros pasos en este mismo patio. Anselmo vestido de charrito en su primera comunión. Anselmo graduándose de la preparatoria con esa sonrisa que parecía iluminar todo a su alrededor.
Y al lado de esas fotos estaban las herramientas de Rosendo: su primer martillo, su nivel de burbuja, los planos originales de esta casa.
Aquello no era una bóveda llena de oro. Era un altar. Un altar consagrado al amor profundo que sentíamos por nuestro hijo.
—¡Eso es pura porquería! —chilló Citlali fuera de sí, quebrando aquel momento tan sagrado—. Nada más hay papeles viejos y santitos de madera. ¿Dónde está el dinero?
Efraín entró conmigo a la habitación. Se dirigió directo a una pequeña caja fuerte empotrada en el suelo, debajo del altar. Él tenía la llave maestra que Rosendo le había confiado. Abrió la caja. Sacó una carpeta gruesa de piel negra, con peso y presencia.
Caminó hacia la salida, donde Anselmo podía verlo desde la ventanilla abierta de la patrulla.
Efraín alzó la carpeta.
—Esto no es basura, señora Citlali —dijo con voz serena pero firme—. Esto es lo que Rosendo construyó en silencio durante treinta años para garantizar el porvenir de su familia.
Efraín abrió la carpeta y empezó a mostrar los documentos. Títulos de propiedad, escrituras con sellos válidos y oficiales.
—Aquí están las escrituras de tres terrenos comerciales en la zona de Santa Fe, y aquí el título de una casa de descanso frente al mar en Puerto Vallarta. Además, los estados de cuenta de un fondo de inversión que ha generado rendimientos compuestos por más de veinte años.
Se escuchó un murmullo de sorpresa entre los vecinos. Citlali se puso blanca como una hoja. Las piernas le temblaron.
—El valor total de estos activos supera diez veces el de esta casa vieja que ustedes querían malbaratar —continuó Efraín.
Anselmo, con las manos esposadas, apoyó la frente contra el cristal de la patrulla. Tenía los ojos anegados, pero ya no eran lágrimas de tristeza, sino de una codicia frustrada y de un arrepentimiento que llegó tarde.
—Eso… eso era para mí —preguntó con la voz rota.
Efraín sintió. Sacó un último papel. Era un testamento escrito de puño y letra por mi esposo.
—Sí, Anselmo, era para ti —dijo el abogado—. Pero escucha bien la condición que dejó tu padre.
Efraín se aclaró la garganta y leyó en voz alta:
—Dejo la totalidad de estos bienes a mi único hijo, Anselmo Cisneros, para que le sean entregados el día que cumpla cuarenta años. Esta herencia es un reconocimiento a su lealtad y al respeto por el hogar que le dio abrigo. Sin embargo…
Efraín se detuvo un instante. Clavó la mirada en los ojos de mi hijo.
—Si mi hijo intenta vender, hipotecar, dañar o destruir la casa familiar en Coyoacán antes de esa fecha, o si abandona a su madre a su suerte, se considerará que no valora el esfuerzo de sus padres. En ese caso, esta cláusula se activa automáticamente. Anselmo Cisneros pierde todo derecho a la herencia y la totalidad de los bienes pasará a nombre de mi esposa Fidelia, para que ella disponga de ellos como mejor le parezca.
El silencio que se hizo fue sepulcral.
Anselmo se desplomó en el asiento de la patrulla. Se tapó la cara con las manos esposadas. Lloró un llanto crudo, desgarrador, el de alguien que entiende que tuvo el cielo en las manos y lo cambió por un infierno.