A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

Y Anselmo, ya dentro de la patrulla, apoyó la cara contra el vidrio. Lloraba como un niño pequeño.

—Mamá…

Sostuve su mirada un instante. Luego me di vuelta hacia la casa, hacia ese muro tirado que dejaba ver la puerta de acero.

—Oficial —le hablé a la gente que estaba junto a mí—. Quiero que saquen a esta mujer de mi propiedad y quiero que abran esa puerta de acero. Tengo la combinación.

Citlali se quedó sola en la banqueta, entre el polvo y la humillación, sin su marido, sin su cómplice y sin casa.

La patrona había regresado, y esta vez no venía a servir comida. Venía a imponer respeto.

El polvo de la demolición aún flotaba, pero el silencio que reinaba pesaba más que los restos en el suelo. Caminé hacia la puerta de acero que quedó expuesta. Mi corazón latía lento, con un dolor hondo. Sentía las miradas de todos perforando mi espalda: la mirada ambiciosa de Citlali, la mirada de terror de Anselmo desde la patrulla y la mirada firme del licenciado Efraín.

Me paré frente al sistema de seguridad. Era una cerradura antigua, de esas de combinación giratoria, ya casi en desuso. Rosendo la puso con sus propias manos. Recuerdo el día. Me dijo que eligió una fecha imposible de olvidar incluso si perdía la memoria.

Veinticinco, diez, ochenta. El nacimiento de Anselmo.

Mis dedos giraron la perilla helada. Sentí los pequeños clics del mecanismo. Uno, dos, tres. La palanca cedió con suavidad. Empujé la hoja metálica y los Gómez bien aceitados desde hace años giraron sin trabas.

La puerta se abrió.

Citlali estiró el cuello desde la banqueta, con los ojos como platos, esperando ver el destello del oro. Imaginaba montañas de monedas o joyas antiguas.

Pero lo que encontró la desilusionó.

Y lo que vi yo me rompió el alma una vez más.

No había oro.

Era un cuarto pequeño sin ventanas, iluminado por la luz que entraba por la pared caída. Al centro, un altar de madera tallada con esmero. Una imagen hermosa de la Virgen de Guadalupe dominaba el espacio, rodeada de velas que jamás se encendieron. Y en las paredes no colgaban cuadros finos ni decoraciones costosas.