Por la tarde usé el ordenador de Lucía con la excusa de organizar las fotos del viaje. No sospechó nada. Utilicé una cuenta de correo temporal que había creado en la biblioteca y le envié un correo encriptado a la cuenta personal de Carlos. No mencioné nombres ni lugares. Le expuse el caso como la situación hipotética de una amiga, una mujer casada en el extranjero, completamente dependiente de su marido y aislada socialmente, que descubre que su marido podría estar metido en graves problemas financieros, quizás ilegales.
Su marido controla todas las finanzas y ella ha firmado documentos que no entiende. Le pregunté cómo en esa situación y sin alertar al marido se podrían empezar a reunir pruebas. conocer sus derechos y buscar protección tanto legal como personal. Hice hincapié en la urgencia, pero también en que de momento no había un peligro físico inminente y que se necesitaba un consejo profesional y discreto. Envié el correo y borré todo el historial. Ahora solo quedaba esperar. En China era de noche.
Probablemente no vería el correo hasta el día siguiente y mi vuelo de vuelta era pasado mañana. El tiempo apremiaba. Al atardecer, Marcos no volvió a cenar. Lucía estaba nerviosa. Los niños muy callados. Después de cenar, mientras yo la ayudaba a fregar y ella bañaba al más pequeño, se oyó un golpe sordo en el piso de arriba. Luego el grito ahogado de Marcos. Aunque no se entendía bien, se notaba la violencia en su voz y después la voz asustada de Lucía intentando explicarse entre soyosos.
Me sequé las manos y subí corriendo. Los ruidos venían del dormitorio principal. La puerta estaba entreabierta. Vi a Marcos de espaldas. Lucía estaba en el suelo, en la alfombra, tapándose una mejilla con la mano. Tenía el pelo revuelto y la cara llena de lágrimas y pánico. Marco sostenía en la mano un marco de fotos. Lo reconocí. Era una foto de nuestra época universitaria que Lucía se había traído de casa y que siempre tenía en su mesita de noche.