Lo oí en la cocina hablando por teléfono en voz baja. Su voz tenía un tono suplicante y un pánico que nunca antes le había escuchado. Sí, sí, es culpa mía. Olvidé avisarte, pero mi amiga solo venía de paso a verme. Se queda solo dos noches. Por favor, no te enfades. Los niños están aquí. Al otro lado de la línea se oía la voz borrosa, pero aguda de un hombre.
Incluso a distancia pude sentir su frialdad. La voz de Lucía se hizo aún más baja, casi un soyoso. Conozco las reglas. Voy a limpiar la habitación de invitados otra vez. Te prometo que no tocará tu despacho ni la bodega. Prepararé un par de platos más para la cena. No, no se quemarán. Colgó el teléfono y tras respirar hondo, se giró hacia mí. En su rostro ya lucía la sonrisa amable que yo conocía, como si la mujer sumisa de hace un momento hubiera sido una alucinación.