Lucía, ese no es tu problema. Le cogí la mano. Estaba helada. Tú eres maravillosa. Eres la chica más valiente y buena que he conocido. Tenías unas notas excelentes, tantas ideas. Eso era antes, me interrumpió, soltando mi mano. Se bebió de un trago lo que quedaba en su copa. Ahora solo soy la esposa de Marcos, la madre de cuatro niños, nada más. Se levantó tambaleándose un poco. Es tarde, vamos a dormir. Mañana, mañana ya veremos. Subió las escaleras.
Viéndola de espaldas, sentí un nudo en el estómago. ¿Cómo era posible que la lucía radiante, apasionada y valiente que yo conocía se hubiera convertido en esto? Una mujer que caminaba con pies de plomo, con cuidado, atrapada en una vida aparentemente perfecta, perdiéndose a sí misma poco a poco. En mitad de la noche, medio dormida, oí ruidos en la planta de abajo. Sonaba como una puerta abriéndose y pasos sigilosos. Debía de ser Marcos, que había vuelto. Inmediatamente después me pareció oír una discusión en voz baja procedente del dormitorio principal.
No entendía lo que decían, pero el tono no era nada agradable. Al poco rato el silencio volvió a reinar, pero era un silencio más pesado que cualquier ruido. A la mañana siguiente, el ambiente era notablemente diferente. Marcos estaba sentado a la mesa con el ceño fruncido mirando su móvil. Lucía tenía los ojos un poco hinchados. Preparaba el desayuno en silencio, con movimientos más lentos y cuidadosos que el día anterior. Los niños, notando la tensión, no se atrevían ni a respirar.
El desayuno transcurrió en un silencio casi glacial. Marcos dejó los cubiertos y miró a Lucía. Alguien ha tocado los papeles de mi escritorio. Su voz no era alta, pero sí muy fría. El cuerpo de Lucía se estremeció. Se puso pálida. Yo no he sido. Ayer no entré en el despacho. Entonces, ¿por qué no están en su sitio? La fulminó con la mirada. Te he dicho que no entres en mi despacho sin permiso y que no toques mis cosas.
No te entra en la cabeza. Te juro que no he sido. La voz de Lucía sonaba a punto de romperse. A lo mejor han sido los niños. Los niños son muy obedientes, no entrarían”, la interrumpió Marcos paseando la mirada por sus hijos que bajaron la cabeza asustados. Finalmente, su mirada se posó en mí durante un instante. No había expresión en su rostro, pero enseguida la apartó. “Espero que sea la última vez”, le dijo a Lucía con un tono que no admitía réplica.