15 Años Después De Que Mi Mejor Amiga Se Mudara A España Fui A Verla ¡Pero En Cuanto Entró Su Marido…

“Las normas de esta casa son para que las cumpla todo el mundo, incluidos los invitados.” Esta última frase la dijo con un tono neutro, pero entendí la advertencia que había detrás. ¿Sos de mí o simplemente estaba aprovechando la situación? Lucía se mordió el labio con los ojos llenos de lágrimas y asintió repetidamente. Marco se levantó, cogió su maletín y al llegar a la puerta se detuvo. Ah, por cierto, mis padres vienen a cenar esta noche. Prepáralo todo.

Sofía no es una extraña, puede quedarse. Dicho esto, abrió la puerta y se fue. Lucía se quedó de pie sin moverse. Me acerqué para ponerle una mano en el hombro, pero se apartó como si le hubiera dado una descarga. Tengo que ir a prepararlo todo, dijo con la cabeza gacha y se fue a la cocina. Empezó a limpiar y a ordenar frenéticamente, como si quisiera volcar toda su angustia en las tareas del hogar. Viendo su espalda encorvada, esa sensación de malestar que tenía se hizo más fuerte.

Este hombre, Marcos, y esta familia aparentemente perfecta, cuánta represión y control se escondían detrás. Sus padres venían esa noche. ¿Qué más iba a pasar? Durante todo el día, Lucía estuvo en un estado de máxima tensión. Era como un soldado preparándose para una inspección. Limpió la casa de arriba a abajo, cada rincón, aunque ya estuviera impecable. Revisó el menú de la cena una y otra vez, calculando los tiempos para que no hubiera ni el más mínimo error. A los niños les hizo ponerse su mejor ropa y les hizo ensayar una y otra vez cómo debían saludar a sus abuelos.

El aire en la casa se había vuelto denso y respirable. “No tienes por qué ponerte tan nerviosa.” Intenté consolarla. Es solo una cena familiar. No es lo mismo, respondió Lucía sin levantar la cabeza mientras frotaba una encimera que ya brillaba. Los padres de Marco son muy detallistas. Tengo que hacerlo todo perfecto. Hizo una pausa y su voz se apagó. Siempre han pensado que Marcos podría haberse casado con alguien mejor. No puedo darles ningún motivo para que se quejen.

Viendo su espalda encorvada y sus labios apretados, me tragué mis palabras. Hay espinas que si no se sacan se clavan cada vez más hondo, pero para sacarlas hay que elegir bien el momento y la forma. Por la tarde, Lucía se metió en la cocina. Me ofrecí ayudarla y esta vez no se negó. Quizás la compañía la animaba o quizás de verdad necesitaba ayuda. Preparó una cena tradicional española. Cordero asado, jamón ibérico, una ensaladilla rusa y una sopa de marisco de primero y tarta de Santiago de postre.

La presentación era digna de un restaurante. A los padres de Marcos, que son muy tradicionales, les encantan estos platos, me explicó, con la frente perlada de sudor. A las 6 en punto sonó el timbre. Lucía dio un respingo, se quitó el delantal rápidamente, se arregló el pelo y tras respirar hondo compuso una sonrisa perfecta y fue a abrir. Entró una pareja de ancianos. El hombre de pelo cano mantenía una figura tan erguida como la de Marcos. Vestía un jersey de cachemir y su expresión era seria, con una mirada penetrante que te analizaba de arriba a abajo con aire de superioridad.

La mujer, igualmente elegante, con el pelo plateado perfectamente peinado y un maquillaje discreto, tenía las comisuras de los labios caídas y una mirada crítica que delataba que no era una persona fácil. Eran los padres de Marcos, el señor y la señora Sánchez. “Papá, mamá, bienvenidos”, dijo Marcos saludándolos con dos besos en las mejillas. Su tono era más respetuoso de lo habitual. El señor Sánchez respondió con un gesto seco, recorriendo el salón con la mirada y deteniéndose finalmente en Lucía.