—Te va a quedar chueca.
Valeria sonrió, con los ojos llenos de agua.
—Sí. Pero quiero que mis manos también estén aquí.
Se sentó bajo la luz tibia de la cocina y empezó a coser.
Lento. Torpe. Presente.
Afuera hacía frío. Dentro de la casa olía a canela, café y tela nueva. Doña Elena ya no lavaba platos por once pesos la hora. Ahora cosía, plantaba jitomates, iba al panteón una vez por semana a hablar con Ramón y enseñaba a su hija mayor a no apretar tanto la aguja.
Y Valeria, que durante años había medido el éxito en portadas de revista, valuaciones y millones en bolsa, descubrió otra medida.
Cabía en una casa pequeña.
En una olla de avena por la mañana.
En una colcha imperfecta.
En la mano tibia de una madre sobre la suya.
En una frase sencilla que tardó nueve años en aprender a decir de verdad:
—Aquí estoy, mamá. Ahora sí, aquí estoy.