Lo mismo que sus inversiones, sus vuelos privados o sus juntas con fondos internacionales. Todo, en su vida, funcionaba con precisión impecable: recordatorios, transferencias, calendarios, asistentes. También su culpa. Cada mes, el día primero, salían quince mil dólares de una cuenta en San Francisco hacia otra cuenta compartida a nombre de su madre y de su hermana menor. Valeria veía el comprobante, lo archivaba y respiraba tranquila. Ya cumplí, se decía. Ya hice mi parte.
Por eso, el golpe no llegó con una llamada de madrugada ni con un doctor al otro lado de la línea. Le llegó una noche helada de febrero, en una fonda casi vacía a las afueras de León, Guanajuato, entre el olor a café recalentado, grasa de cocina y cloro recién pasado.
Su vuelo privado desde Tijuana había aterrizado con retraso por una tormenta. El chofer que debía recogerla seguía atrapado en carretera. Su celular tenía dos por ciento de batería y llevaba horas sin probar bocado. Al mirar alrededor, la única luz encendida en esa avenida oscura era la de la Fonda Lupita, un lugar modesto con letreros desteñidos, menú plastificado y sillas de vinil cuarteadas.