Las primeras visitas fueron tensas. Después llevó a su hija, Lupita, de cuatro años, que no sabía nada de robos, cuentas ni funerales. Solo sabía que su abuela hacía galletas, tenía una máquina ruidosa muy divertida y sembraba jitomates en el patio.
La niña abrió ventanas que la culpa no podía abrir.
Poco a poco, las tres mujeres empezaron a hilar otra cosa, además de tela.
No perfecta. No limpia. No sin nudos.
Pero real.
En diciembre, por primera vez en casi diez años, cenaron juntas.
Doña Elena hizo un pavo pequeño porque “somos pocos, tampoco exageren”. Patricia llevó puré. Valeria llevó sidra sin alcohol porque su madre ya no tomaba. Lupita se embarró de gravy hasta las cejas y todos rieron. Hubo silencios largos, sí. Hubo heridas que todavía no cerraban. Pero estaban ahí. Las tres. Presentes.
Después de la cena, doña Elena mostró una colcha de retazos casi terminada.
—Quiero dársela a Lupita —dijo.
Valeria la extendió sobre la mesa. Había pedazos de una camisa vieja de su padre, tela de unas cortinas de la casa donde crecieron, retazos de un vestido verde de graduación que ella había odiado a los dieciséis y amado demasiado tarde.
—Cada pedazo cuenta algo —murmuró doña Elena—. Quiero que la niña sepa que una familia puede romperse… y aun así volver a coserse.
—Entonces déjame hacer la orilla final —dijo Valeria.
Su madre la miró por encima de los lentes.