Valeria entró sin pensar demasiado. Pidió caldo de pollo y pan tostado. Se quitó el abrigo de cashmere, miró con fastidio el mantel de plástico y estuvo a punto de revisar correos hasta que la puerta de la cocina se abrió.
Una mujer mayor salió empujando una tina llena de platos sucios.
Valeria vio primero los zapatos: tenis baratos, gastados de la suela, húmedos. Luego las manos, hinchadas, rojas, cuarteadas por el agua con detergente. Después el cuerpo inclinado hacia la izquierda, como si una cadera le doliera. Y al final el rostro.
Se le fue el aire.
Era su madre.
Doña Elena Castañeda, setenta y ocho años, con un mandil mojado hasta la cintura, lavando platos a las nueve de la noche.
Valeria no se levantó de inmediato. Se quedó inmóvil, las dos manos apoyadas sobre la mesa, mirando a esa mujer que la había criado cosiendo uniformes ajenos y vendiendo gelatinas en la secundaria para que ella pudiera estudiar inglés, matemáticas, todo lo que la sacara de la colonia donde ambas habían jurado no quedarse.
Su madre desapareció en la cocina. El caldo llegó a la mesa. Valeria no lo tocó.
Intentó recordar la última vez que la había llamado. Dos años y medio, quizá. Una videollamada rápida en Navidad. Su madre le había preguntado si iba a regresar ese año. Ella respondió que estaba complicada, que el cierre fiscal, que los inversionistas, que en enero sin falta. Luego prometió mandar un poco más de dinero. Su madre dijo “está bien, hija” con esa voz serena que nunca reclamaba nada.
La puerta de la cocina volvió a abrirse. Doña Elena salió por un cubo. Pasó tan cerca que el perfume caro de Valeria y el olor a jabón de trastes casi se tocaron.
—¿Mamá? —dijo al fin, con una voz que apenas reconoció como suya.
Doña Elena se detuvo. Volteó lentamente, como quien espera otra orden de trabajo, no una hija perdida.
La reconoció después de unos segundos. No hubo llanto ni abrazo cinematográfico. Lo primero que hizo fue esconder las manos detrás del mandil.
—Valeria —dijo en voz baja.
—Sí, mamá… soy yo.