Afuera chillaron llantas. Los faros inundaron de blanco los ventanales. El hombre se puso de pie con una rapidez impropia de alguien herido, tomó el portafolios y giró hacia la cocina.
—Al suelo —ordenó.
Dalia obedeció sin pensar.
Los cristales explotaron un segundo después.
El estruendo de las ráfagas llenó la cafetería. El mostrador astillado, las tazas hechas pedazos, la máquina de café echando humo. Dalia se abrazó a sí misma detrás de la barra, temblando, rezando en silencio por Leo. Los disparos duraron apenas unos segundos, pero a ella le parecieron una vida entera.
Cuando todo terminó, oyó pasos, gritos, una puerta azotándose en la cocina y luego motores alejándose bajo la tormenta.
La cafetería quedó destrozada.
Dalia salió de detrás del mostrador con las piernas flojas. Encontró valor solo porque sabía que tenía que volver a casa. Fue hacia la puerta trasera para respirar y ahí, entre el bote de basura y la pared, vio el portafolios negro, medio cubierto por una caja mojada.
Lo alzó.
Pesaba demasiado.
La policía llegó al frente del local justo cuando ella tomaba la decisión más insensata de su vida.
Escondió el portafolios en una bolsa negra de basura, lo enterró bajo trapos en el cuarto del personal y, cuando la interrogaron, contó lo del hombre herido y el ataque. Lo único que omitió fue el maletín.
Esa madrugada, en su pequeño departamento de Iztapalapa, después de besar la frente tibia de Leo dormido, se encerró en el baño con el portafolios sobre las piernas.
Lo forzó con un desarmador y un martillo.
Cuando la cerradura cedió, se quedó inmóvil.
En un lado había fajos de billetes, apretados, ordenados, suficientes para cambiar la vida de cualquiera. En el otro, un disco duro blindado, una carpeta gruesa color manila y, encima, un sobre con un sello de lobo grabado en cera roja.
Dalia rompió el sello.