Una madre soltera devuelve un maletín perdido a un jefe de la mafia; dentro se esconde un secreto que cambiará su destino.

Dalia lo supo antes de pensarlo: ese hombre no pertenecía a un lugar como aquel.

Llevaba un traje oscuro demasiado fino para aquella colonia del sur de la Ciudad de México. Era alto, de hombros anchos, con el cabello negro pegado a la frente por el agua y unos ojos azules tan fríos que parecían haber sido hechos para desconfiar de todo. Cojeaba ligeramente de la pierna izquierda. Y cuando pasó bajo la luz fluorescente, Dalia vio la mancha oscura extendiéndose por el costado de su saco.

Sangre.

El hombre se sentó en la mesa más apartada.

—Café negro —dijo con voz baja—. Deja la jarra.

Dalia tragó saliva. La regla de la madrugada era sencilla: no preguntes, no mires demasiado, sobrevive el turno. Sin embargo, cuando dejó la taza frente a él, las palabras se le escaparon:

—Necesita un hospital.

La mirada del hombre se levantó y la atravesó.

—Necesito que olvides que me viste.

Sacó un billete arrugado y ensangrentado de quinientos pesos y lo dejó sobre la mesa. Dalia lo vio como quien ve un salvavidas. Ese dinero era una caja más de medicamento para Leo. Era mercado para una semana. Pero la sangre sobre el papel le revolvió el estómago.

—No quiero su dinero —dijo, empujándolo de vuelta—. Quiero que se vaya antes de que el problema que trae se meta aquí.

Por un segundo, algo parecido a una sonrisa amarga rozó la boca del hombre.

—Eres más lista que la mayoría.

No alcanzó a decir nada más.