Alejandro había construido un imperio de transporte que unía rutas de carga desde Chiapas hasta Veracruz, desde la frontera sur hasta los puertos del Golfo. Tenía dinero, prestigio, influencia, una casa frente al mar en Acapulco y una familia que, vista desde afuera, parecía perfecta.
Pero el destino no siempre destruye a un hombre con sus enemigos.
A veces lo hace con las personas que duermen a su lado.
Escuchó pasos acercarse. Después, una voz femenina, suave, elegante, fría.
—Háganlo. Aquí nadie va a encontrarnos.
El corazón de Alejandro dio un golpe salvaje.
Reconoció la voz de inmediato.
Valeria.
Su esposa.
Sintió primero incredulidad, luego una punzada seca en el pecho, más dolorosa que el miedo a morir. Quiso decir su nombre. Quiso convencerse de que estaba equivocado. Pero entonces el perfume llegó hasta él, nítido, inconfundible, ese aroma caro a jazmín oscuro que Valeria usaba todos los días.
No había error posible.