Tasha no se movió.

El sonido del motor de la patrulla alejándose se fue perdiendo en la distancia, pero ella seguía ahí, con las manos aún apoyadas sobre el capó caliente, como si su cuerpo estuviera congelado en el instante exacto en que todo había cambiado.

No por miedo.

Sino por control.

Respiró hondo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Luego se enderezó lentamente.

Miró sus llantas destrozadas.

Luego la carretera vacía.

Y finalmente… sonrió.