—
Entonces recordó.
Ese número.
Ese nombre.
Guardado en el teléfono… escondido entre contactos que nunca se usaban.
Un nombre que su madre nunca mencionaba… pero que escuchaban cada noche en secreto, cuando ella creía que sus hijas dormían.
Una voz masculina.
Grave.
Triste.
Como si también estuviera esperando algo… que nunca llegó.
—Vale… —dijo Luz lentamente—. ¿Te acuerdas del número?
Valeria levantó la mirada, con lágrimas pegadas en las pestañas.
—¿El del señor de la cajita?
Luz asintió.
Esa caja.
Fotos viejas.
Cartas.
Un pañuelo con olor a hombre.
Y un nombre escrito en una tarjeta.
Ellas no eran tontas.
Habían visto sus propios ojos reflejados en esas fotos.
Habían hecho las cuentas.
Habían sentido… la ausencia.
—Creo… que es nuestro papá… —susurró Valeria.
Luz no respondió.
Pero ya había tomado el celular.
Sus dedos dudaron un segundo.
Solo uno.
Luego presionó “llamar”.
—
Al otro lado de la ciudad…
Un hombre que hacía temblar a todos… frunció el ceño al ver la llamada.
Número desconocido.
A esa hora.
Nada bueno.
Contestó.
—Habla.