Pero Camila no respondía.
Había sangre.
Poca… pero suficiente para congelar el alma.
Luz no lloró.
No todavía.
Respiró hondo, como si en ese pequeño pecho viviera alguien mucho más grande que una niña de siete años.
Corrió por el celular.
Marcó emergencias.
Su voz no tembló… aunque el mundo sí lo hacía.
—Mi mamá se cayó… no despierta… hay sangre…
Dio la dirección.
Respondió todo.
Como si hubiera ensayado ese momento toda su vida.
Pero cuando colgó…
Sus manos empezaron a temblar.
Diez minutos.
Eso dijeron.
Diez minutos para una ambulancia.
Diez minutos que parecían una eternidad.