—Mi hijo… mi hijo Luis necesitaba un trasplante de riñón hace 6 meses —sollozó Carmen, incapaz de sostenerle la mirada a Mateo—. Estábamos en la ruina. No teníamos cómo pagar la cirugía en un hospital privado, y en el sistema público lo pusieron en una lista de espera de 2 años. Mi niño se iba a morir.
La sala quedó en un silencio sepulcral.
—Roberto vino a mi casa una noche —continuó Carmen, temblando—. Me confesó que tenía una deuda de 30 millones de pesos con un cártel de apuestas clandestinas y que había usado las cuentas de la fundación para pagar. Me dijo que iba a alterar los libros contables para culpar a Mateo, porque Mateo, al ser el contador, era el chivo expiatorio perfecto.
Mateo se agarró a la barandilla de madera, sintiendo que el aire abandonaba sus pulmones. Su propia sangre, su hermana, había sabido todo este tiempo que él era inocente y que pasaría hasta 20 años en prisión.
—¿Por qué no dijiste nada? —susurró Mateo, con la voz quebrada por el dolor de la traición—. Te iban a quitar a tu hermano… a dejar a mi hija huérfana.
—¡Porque Roberto pagó el trasplante de Luis! —gritó Carmen, rompiendo en un llanto histérico—. ¡Él me dio los 2 millones que costaba la cirugía para salvar a mi hijo, a cambio de mi silencio! Me amenazó, Mateo. Me dijo que si yo abría la boca, no solo te hundiría a ti, sino que mandaría a su gente a lastimar a Luis en el hospital. ¡Era la vida de mi hijo contra tu libertad! ¡Perdóname, hermano, te lo suplico, perdóname!
El impacto de la confesión sacudió a todos los presentes. Era el dilema más cruel imaginable. Una madre vendiendo la vida y el honor de su propio hermano para salvar a su hijo moribundo de las garras de la muerte, manipulada por un hombre sin escrúpulos. En las bancas del público, las personas comenzaron a discutir en susurros acalorados. Algunos miraban a Carmen con profundo asco, otros, padres y madres de familia, la miraban con una terrible y secreta comprensión.
Roberto Cárdenas, pálido como el papel, intentó caminar hacia la salida.
—Guardias, detengan a ese hombre —ordenó el juez Salazar de inmediato.
Pero antes de que los oficiales llegaran a él, Sofía se soltó del agarre de su tía y caminó directamente hacia su padrino. La niña no mostraba miedo. Su rostro irradiaba una calma sobrenatural.
—Mi hermanito Diego también murió de cáncer hace 3 años, padrino —dijo Sofía suavemente, refiriéndose al hijo mayor de Mateo—. Cuando Diego estaba en el hospital, tú prometiste en su lecho de muerte que cuidarías de los niños enfermos. Pero les robaste. Diego me visita en mis sueños, padrino. Él me dijo que tu corazón está podrido por la ambición, pero que las noches no te dejan dormir porque ves los rostros de los niños que no pudieron comprar sus medicinas.