Las palabras de la niña golpearon a Roberto con la fuerza de un huracán. La arrogancia del poderoso filántropo se desmoronó por completo. Cayó de rodillas en medio de la sala del tribunal, cubriéndose el rostro con las manos mientras comenzaba a sollozar violentamente, murmurando perdones ininteligibles a Dios y a los niños que había condenado. Era una confesión absoluta.
El juez Salazar dictó la liberación inmediata de Mateo y ordenó el arresto de Roberto y una investigación exhaustiva sobre Carmen por complicidad.
Mientras los guardias le quitaban las esposas a Mateo, él abrazó a su hija con una fuerza desesperada. Sin embargo, cuando Carmen intentó acercarse a pedirle perdón, Mateo levantó la mano, deteniéndola en seco.
—Salvaste a tu hijo, Carmen, y le doy gracias a Dios porque mi sobrino está vivo —dijo Mateo, con lágrimas escurriendo por sus mejillas—. Pero mataste a tu hermano. No me busques nunca más.
La tragedia familiar era desgarradora. Pero la historia de esa mañana aún no había terminado.
Mientras la sala comenzaba a vaciarse lentamente y los reporteros corrían a transmitir la noticia del siglo, Sofía se separó de su padre y caminó hacia el estrado del juez Salazar. El magistrado, agotado y abrumado por la avalancha de emociones, la miró con genuina curiosidad.
—Hiciste algo muy valiente hoy, pequeña —dijo el juez con voz áspera pero amable—. Salvaste la vida de tu padre.
—Y ahora vengo a salvar la suya, señor juez —respondió Sofía, mirándolo fijamente a los ojos.
Salazar frunció el ceño.
—A mí nadie me puede salvar, niña.
—Diego me contó sobre su esposa Elena —dijo Sofía. El nombre de su difunta mujer hizo que el corazón del juez se detuviera. Nadie, absolutamente nadie en el tribunal conocía los detalles de su vida personal—. Me dijo que el accidente fue hace exactamente 4 años. Usted iba manejando. Un conductor ebrio los chocó, pero usted siente que fue su culpa por no haber reaccionado a tiempo.
El juez agarró los reposabrazos de su silla de ruedas con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Una mezcla de ira y terror se apoderó de él.
—Silencio… —susurró el juez, con los ojos cristalizados.
—Los doctores le dijeron hace 2 años que su médula espinal no estaba completamente cortada. Le dijeron que con terapia podría volver a caminar —continuó Sofía, su voz llenando el inmenso vacío de la sala casi vacía—. Pero usted dejó de intentarlo. Usted decidió quedarse en esa silla porque siente que no merece caminar en un mundo donde Elena ya no puede respirar. Su cuerpo no está paralizado, señor juez. Es su alma la que no quiere avanzar.