PARTE 1
El calor dentro del Palacio de Justicia en el corazón de la Ciudad de México era insoportable. Los viejos ventiladores de techo giraban lentamente, incapaces de refrescar a las más de 300 personas aglomeradas en una sala diseñada para la mitad de esa capacidad. El aire olía a sudor, madera vieja y una tensión palpable que electrificaba el ambiente. El expediente 2847 estaba en boca de todos. El país entero había seguido el caso en las noticias.
El juez Arturo Salazar entró a la sala. El crujido de su silla de ruedas cortó el murmullo de la multitud como una navaja. A sus 62 años, Salazar era conocido no por su compasión, sino por su mano de hierro. El trágico accidente automovilístico que le arrebató a su esposa Elena hace 4 años y lo dejó confinado a esa silla de ruedas, había endurecido su corazón hasta convertirlo en piedra. Odiaba los circos mediáticos y despreciaba cualquier intento de manipulación emocional en su tribunal.
Las pesadas puertas de caoba se abrieron y dos guardias introdujeron a Mateo. Llevaba el uniforme beige del reclusorio preventivo, con la mirada clavada en el suelo y los hombros hundidos. Antes de que se dijera una sola palabra, el tribunal ya lo había condenado. Mateo, un humilde contador, estaba acusado de desviar 40 millones de pesos de la Fundación Esperanza, una institución vital que pagaba los tratamientos de quimioterapia para cientos de niños mexicanos. Entre el público, la indignación era feroz. Le gritaron insultos, llamándolo monstruo y ladrón.
Pero lo que detuvo el aliento de la sala no fue Mateo, sino una pequeña figura que burló la seguridad.