Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

¿Qué crees que sea? No sé, pero antes, cuando yo trabajaba en casa de los señores Arriaga, el patrón tenía piedras a 100 vitrinas. Decía que eran preciosas. de colección que venían de minas especiales. Pedro no entendía. Para él las piedras eran piedras, pero esa no. Esa tenía algo, era distinta. Había algo hipnótico en los colores que se movían con la luz. No parecía natural. O tal vez era más natural de lo que jamás había visto. Durante toda la tarde, Pedro cabó en la misma zona donde la había encontrado.

Y no fue solo una, había más. Algunas con colores metálicos, otras con reflejos tenues. Las envolvieron en trapos viejos y las guardaron bajo la lona, lejos de la vista de cualquiera. Esa noche Luz apenas durmió. Pedro tampoco. Pasaron los días y Pedro no quitaba piedras. Ahora las examinaba, golpeaba, partía, limpiaba. Cada tanto encontraba otra con betas brillantes. Algunas las partía sin querer, otras las descubría completas. todas diferentes. Luz comenzó a preguntarse si de verdad habían sido enviados a ese lugar como castigo o si, sin saberlo, habían caído en algo más grande.

Una tarde, mientras Luz organizaba las piedras envueltas en tela, se atrevió a decir en voz baja, “¿Y si esto vale algo?” Pedro no respondió. No quería ni pensarlo. Tenía miedo de imaginar siquiera la posibilidad. No digamos nada”, dijo Pedro finalmente. “Ni al cura ni a los del pueblo,” respondió Luz. Guardaron el secreto como se guarda una herida. Con cuidado y silencio siguieron con su rutina como si nada hubiera pasado. Pero bajo la lona cada día el costal con piedras brillantes aumentaba y con él su miedo, porque sabían que si alguien se enteraba lo perderían todo.

Luz comenzó a notar que Pedro trabajaba con más cuidado. Ya no golpeaba el suelo al azar. Ahora acababa con lentitud, con paciencia, como si buscara oro y no tierra, como si cada centímetro pudiera esconder algo valioso. Había cambiado su forma de mirar el terreno. Ya no era un castigo, era un misterio. Un día, Luz bajó al pueblo y pasó frente a una tienda donde vendían herramientas. En el aparador vio una revista con la foto de unas piedras parecidas.

No compró la revista, pero se quedó con la imagen grabada. Esa noche le contó a Pedro. Vi unas parecidas. Decía algo de ópalos. No entendí bien, pero se parecían mucho. Ópalos, repitió Pedro. Era la primera vez que le ponían nombre a lo que habían encontrado, pero ahora tenían algo más que piedras. Tenían una duda que pesaba, que dolía, que ardía. Una duda que los mantendría despiertos muchas noches. Desde el día en que escucharon la palabra. Ópalos. Pedro dejó de dormir tranquilo.