Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

Luz escuchaba todo cuando bajaba al pueblo y cada palabra le pesaba. Pero no se lo decía a Pedro. En casa, solo lo observaba, le servía el café, le cocinaba, le ponía una manta cuando se dormía frente a las piedras. Él no necesitaba consuelo, necesitaba que ella no dejara de creer. Una noche, Luz se acercó al rincón donde Pedro dormía. Y si en lugar de seguir quitando piedras, sembramos algo en las orillas. Sembrar en polvo y piedras, aunque sea frijol, algo que crezca rápido, algo que nos dé aunque sea una señal.

Pedro lo pensó no porque creyera que iba a funcionar, sino porque necesitaba variar el esfuerzo. Al día siguiente usaron un rincón despejado y prepararon la tierra con abono que Luz había traído del pueblo. Sembraron unas semillas de frijol y maíz. Nada más, nada ambicioso. Los días pasaron. Pedro seguía con las piedras, luz con sus caminatas, fósforo con sus vueltas alrededor del terreno, hasta que una mañana algo cambió. En la orilla donde habían sembrado brotó un pequeño tallo verde, frágil, inclinado, tembloroso, pero vivo.

Luz lo vio primero. Gritó, lloró, rió. Pedro llegó corriendo y se quedó inmóvil frente a la planta. Eso salió aquí. Si aquí mismo no era grande, no era fuerte, pero era una señal, la tierra no estaba muerta. A partir de ese día, la mirada de Pedro cambió. Seguía serio, pero sus ojos ya no estaban vacíos. Empezaron a sembrar más, no mucho, solo lo que podían. Pero con cada brote nuevo, las burlas del pueblo pesaban menos. Y aunque aún pasaban hambre, aunque las noches eran igual de frías y el agua escasa, ya no estaban solos contra el terreno.

Ahora tenían aliados, raíces pequeñas que empujaban desde abajo, abriéndose paso entre las piedras. Fue una mañana como cualquier otra. Pedro ya había quitado cuatro piedras grandes cuando notó algo extraño en una de ellas. Era más lisa que las demás, casi pulida. Al golpearla con la pala, sonó diferente, más hueca. Se agachó, la tocó con las manos y trató de moverla. Era pesada, pero no más que otras que ya había levantado. La golpeó de nuevo, esta vez con una herramienta metálica.

La piedra se partió en dos y lo que vio dentro lo dejó inmóvil. No era tierra, no era roca común. El interior brillaba con betas de colores azulados, amarillos y tonos rojizos que cambiaban con la luz del sol. Era como si hubiera encontrado un trozo de cielo enterrado. Pedro la levantó y se la llevó a luz que estaba colando café bajo la lona. Ella la tomó entre las manos, la giró varias veces y frunció el ceño. Esta piedra no es cualquier cosa.