Cada noche despertaba para revisar el costal. Cada crujido en la tierra le parecía una pisada. A veces soñaba que alguien venía y se lo llevaba todo. No quería oro, no quería fama, solo no quería volver a empezar desde cero. Luz notaba el cambio. Pedro ya no trabajaba igual, ya no hablaba igual. Su obsesión por las piedras comenzó a reemplazar su rutina. Ella en silencio, trataba de mantener la normalidad. Vendía pan y café en el pueblo como siempre, pero ya no bajaba la cabeza.
Ahora caminaba más firme. Sabía que cargaba algo más valioso que productos, un secreto. Una tarde, mientras Pedro cavaba con extremo cuidado cerca del muro de piedra que había construido, encontró una concentración de piedras brillantes más densa. Las colocó en un costal diferente. Ya no quería que se mezclaran con las anteriores. Estas parecían más intensas, como si el centro del terreno escondiera algo aún mayor. Aquí hay algo, luz, dijo en voz baja, señalando el suelo como si no quisiera que el mismo terreno escuchara.
¿Y qué vamos a hacer con eso? Pedro no respondió. Aún no lo sabía, pero por dentro algo ya empezaba a moverse, algo que sin quererlo le recordaba al patrón. esa sensación de poder oculto, de tener algo que otros desean. Esa noche, mientras revisaban las piedras con una linterna vieja, Luz dijo algo que hizo temblar a Pedro. ¿Y si alguien ya lo sabe? El silencio fue largo. Pedro apagó la linterna. Afuera. El viento silvaba entre los muros de piedra.
Fósforo ladró a la nada. Luz tenía razón. Cada viaje al pueblo era un riesgo. Cada palabra mal dicha podía atraer la desgracia. Había cosas que ni las piedras podían proteger. Un rumor en boca equivocada podría traer miradas, codicia o peor al patrón. Así que decidieron aislarse más. Luz dejó de bajar al pueblo con tanta frecuencia. Pedro solo salía a la carretera para buscar agua y cada vez que lo hacía, enterraba los costales con piedras en distintos puntos del terreno, cubriéndolos con ramas, tierra y hasta estiércol.