Luz comenzó a mejorar despacio, pero mejoró. Y Pedro entendió algo que no quiso aceptar desde el principio, que no estaban solos, pero sí olvidados. Olvidados por quienes debían proteger, por quienes prometieron. Y eso dolía más que cualquier piedra. Esa noche, bajo la lona, mientras luz dormía y fósforo roncaba suave a los pies de Pedro, él volvió a mirar el cielo, pero esta vez no estaba en silencio. Estaba esperando algo, lo que fuera. Pedro llevaba ya tres meses quitando piedras todos los días.
La rutina era simple, pero brutal. Amanecer, café caliente, machete al cinto, pala al hombro y al trabajo. A veces trabajaba bajo el sol de las 12, otras hasta que la luna lo alumbraba. Y aunque el terreno seguía siendo hostil, ya no era un desierto muerto. Los montones de piedra crecían como murallas improvisadas. Luz las llamaba cercos de esperanza. Cada piedra que quitaban era una que no volvería a estorbar, pero para el resto del pueblo lo que hacían era una locura.
Una tarde, mientras Pedro recogía piedras cerca del límite norte, un viejo conocido apareció caminando por el camino de tierra. Era don Sergio, un hombre del pueblo que tenía una parcela a 3 km. Pedro, ¿sigues con esta necedad? dijo con tono sarcástico mientras se secaba el sudor del cuello con un trapo. Pedro solo se enderezó y lo miró sin palabras. Hermano, ya deja esto. Esa tierra no sirve. Es pura piedra. Por más que quites, no va a nacer nada.
Eso te lo aseguro. Pedro siguió apilando piedras. Don Sergio rió entre dientes. Te admiro, pero también te compadezco. Es como ver a un hombre cabar su propia tumba, pero con fe. No busco que entiendan. Fue lo único que dijo Pedro. Sergio se fue sacudiendo la cabeza y no fue el único. Varios pasaban por ahí, lo observaban y murmuraban, algunos con pena, otros con burla. Ese viejo se volvió loco, decía uno. Ni sembrando milagros va a levantar ese cerro, agregaba otro.