Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

Pedro, en cambio, no dejaba el pedregal, no porque no quisiera, sino porque no podía dejar de mover piedras. Sentía que si se detenía, si se rendía, entonces todo habría sido para nada. Una tarde, Pedro colapsó de rodillas. El sol le pegaba directo en la nuca y sus manos estaban llenas de llagas abiertas. Luz corrió hacia él, le echó agua en la cabeza y lo cubrió con su reboso. Le hablaba abajo con una mezcla de susto y ternura.

Tienes que descansar, Pedro. No podemos perdernos los dos. Él no respondió, solo respiraba agitado y con los ojos cerrados. Pero al día siguiente volvió a levantarse. Fue en ese momento que Luz tomó una decisión silenciosa, cargar con lo que él ya no podía. Empezó a vender también café hervido en botellas recicladas. Salía más temprano, regresaba más tarde. Cada día su rostro lucía más cansado. A veces se dormía sentada con el cucharón en la mano, otras veces con los zapatos aún puestos, encorbada en la lona.

Y Pedro seguía quitando piedras, apilándolas. Algunas noches simplemente se quedaba mirando el cielo sin decir nada. Un domingo, un perro flaco apareció en el terreno. Nadie supo de dónde vino. Se acercó, lo olfateó y se echó junto a ellos. Pedro lo llamó fósforo porque parecía a punto de apagarse. Desde ese día, el animal los acompañó y aunque no traía comida, su sola presencia les recordó que aún podían atraer vida. Pero la situación era crítica. Las reservas se acababan más rápido de lo que entraban.

Y cuando Luz enfermó con fiebre por varios días, Pedro sintió por primera vez verdadero miedo. No había médico cerca, no había nadie, solo piedras, calor y un perro flaco que no entendía el dolor, pero lo olía. Pedro mojó trapos en agua fría, los colocó en la frente de luz y se sentó a su lado. Le tomó la mano y se quedó así toda la noche sin dormir, murmurando su nombre cada cierto tiempo, como si con eso pudiera retenerla.

“Aguanta, mujer, no me dejes solo aquí”, le decía apenas audible. Ella entre sueños solo repetía, “Frío, tengo frío.” El sol tardó una eternidad en salir esa mañana. Y cuando lo hizo, Pedro caminó hasta la carretera. Pasó horas parado esperando que alguien pasara, un auto, una moto, lo que fuera. Finalmente, una camioneta vieja se detuvo. El conductor accedió a llevarlo al pueblo por unos cuantos pesos. Pedro corrió de vuelta con medicamentos básicos, paracetamol, suero, unas pastillas para la fiebre.