Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

Pero él sabía, la conocía, sabía que ese llanto era la forma más silenciosa de decirle, “Nos fallaron.” A la mañana siguiente, Pedro se levantó sin decir palabra, tomó el machete y comenzó a caminar por el terreno. Cada metro que avanzaba encontraba piedras, algunas pequeñas, otras del tamaño de una rueda. No había tierra blanda ni indicios de que algo hubiera crecido ahí jamás. Luz. se acercó con un café tibio en un vaso de plástico roto. “¿Qué piensas hacer, Pedro?” “Empezar”, respondió él con voz seca.

“Empezar qué?” “A quitar piedras.” Luz lo miró con desconcierto. Era ridículo, pero Pedro no se detuvo. Clavó el machete en el suelo, cabó con sus manos, movió una piedra, luego otra. Así pasó toda la mañana. Al mediodía tenía apenas un pequeño espacio despejado del tamaño de un colchón individual. “Ahí pondremos la cama”, dijo él, aunque no tenían cama. Luz lo vio en silencio. En ese momento, Pedro no era solo un hombre viejo entre piedras, era un hombre aferrado a no rendirse y eso, aunque no alimentara, daba un poco de fuerza.

En su expresión no había ilusión, solo terquedad. Pero en ese terreno olvidado, la terquedad era su única herramienta. Los días siguientes fueron idénticos. Amanecer, machete, piedras. Pedro trabajaba sin hablar. Luz cocinaba con lo poco que podían comprar en el pueblo, vendiendo tortillas y pan de yuca. A veces conseguía algo de frijol, otras solo arroz blanco. Dormían sobre costales bajo una lona, rodeados de tierra y piedras que parecían burlarse de ellos. Una tarde, un hombre pasó por el camino de tierra que bordeaba el terreno.

Detuvo su bicicleta al verlos. Aquí viven. Preguntó. Aquí intentamos, respondió Luz. El hombre miró alrededor. Este lugar no sirve ni para pasto. Y se fue pedaleando con indiferencia. Pero Pedro siguió y cada piedra que quitaba la colocaba en un rincón. Las grandes las apilaba, las pequeñas las echaba en costales rotos. Una noche, Luz se le acercó y preguntó, “¿Y si todo esto es en vano?” Pedro respiró hondo y solo dijo, “Entonces al menos sabrán que lo intentamos.” El amanecer traía el mismo panorama.

Calor seco, piedras por doquier sensación de estar abandonados por todos. Pedro se levantaba cada día con la espalda más rígida y luz con los dedos adormecidos por dormir sobre costales que apenas amortiguaban el suelo. Las fuerzas comenzaban a agotarse, no solo las del cuerpo, también las del alma. Luz caminaba al pueblo tres veces por semana, vendía tortillas, pan y a veces flores silvestres que recogía en el camino, pero el ingreso era mínimo, lo justo para comprar arroz, sal, algo de frijol y con suerte un par de tomates.