Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

Mientras ojeaba los documentos, sintió un nudo en la garganta. Había esperado este momento por años, pero algo no cuadraba. El nombre del terreno le sonaba demasiado familiar. El terreno se llama El Pedregal, 3 hectáreas, dijo el patrón. Es tuyo, todo tuyo. Hubo silencio y luego miradas cruzadas entre los demás peones. Todos sabían de qué hablaba. El pedregal era una colina olvidada, llena de piedras, sin agua, sin sombra, sin nada. Un castigo disfrazado, una broma cruel. Pedro levantó la vista, miró a don Ramiro por primera vez, directo a los ojos.

Y el patrón le sostuvo la mirada con una sonrisa seca. Es lo justo, ¿no?, agregó el patrón. Un hombre como tú merece tierra, aunque no siempre la tierra sea fértil. La burla era elegante, pero Pedro la entendió perfectamente. Aún así, hizo una leve reverencia. No por respeto, sino por costumbre. Tomó los papeles y se retiró en silencio, mientras los demás bajaban la mirada, avergonzados por él. Nadie se atrevió a decir nada. Nadie se opuso. Luz lo esperaba bajo el árbol donde se habían conocido décadas atrás.

Vio los papeles, leyó el nombre del terreno y no dijo nada. Solo le sostuvo la mano con fuerza. Sabía lo que significaba. Que su vejez sería más difícil de lo que esperaban, que la promesa había sido otra mentira más. Esa tarde comenzaron a empacar lo poco que tenían. En costales metieron ropa, una olla grande, una cobija, unos trastes viejos. Pedro cargó en la espalda una vieja silla rota. Era la misma donde su padre había muerto años atrás.

No quería dejarla atrás, no por valor, sino por respeto. Antes de partir, se acercaron a la galera. Pedro dio un último vistazo a los establos, a los árboles secos, al camino polvoriento. 30 años ahí y así terminaba. Don Ramiro observaba desde la ventana del segundo piso bebiendo café en una taza blanca. No dijo nada, solo miró. Cuando Pedro y Luz comenzaron a alejarse caminando, uno de los capataces gritó entre risas. “Suerte sembrando piedras, viejo.” Pedro no volteó.

Luz tampoco, solo caminaron. Llegaron a el pedregal a pie con el sol en la nuca y los hombros cansados. Pedro arrastraba un diablito viejo cargado con dos costales, una silla rota y un balde. Luz sostenía una mochila raída y un pequeño paquete envuelto en tela. El retrato de su hijo fallecido hacía años que guardaba como un tesoro. Desde lejos la tierra ya se veía inútil. una loma llena de piedras, sin una sola flor ni un matorral. Cuando pusieron el primer pie sobre el terreno, el suelo crujió como si se quejara de ser pisado.

Ni siquiera había un sitio plano para colocar una chosa. El polvo se levantaba con cada paso y el calor parecía salir del suelo, no del cielo. “No parece tierra, parece castigo”, dijo Luz secándose el sudor con el antebrazo. Pedro no respondió. caminó hasta el punto más alto, donde una roca enorme parecía señalar el centro del terreno. Desde ahí miró a su alrededor. Nada, ni caminos, ni agua, ni vida. Era tierra muerta. Desamparados buscaron una sombra para sentarse, pero no había árboles, ni estructuras, ni una roca grande que los cubriera.

Así que Pedro sacó la cobija del costal y la amarró entre dos estacas viejas. Esa fue su sombra. Ahí, en el suelo duro, se sentaron a comer un pedazo de pan viejo y agua caliente del garrafón. Pasaron la noche a la intemperie. El viento, que durante el día era ardiente, por la noche se volvió cruelmente frío. Pedro intentó dormir en el suelo, pero las piedras no lo dejaron. Luz lloró en silencio, tapándose la cara con la manta, sin querer que Pedro la viera.