Mañana cumples tus 30 años aquí. Te daré tu liquidación. Pero esto señaló al animal muerto, se descuenta. Luz caminó hacia Pedro lentamente. Él se mantenía quieto mirando el polvo del suelo. “¿Lo vas a permitir otra vez?”, le susurró ella más con rabia que con miedo. “No queda de otra mujer”, respondió Pedro sin mirarla. “Ya falta poco. Esa noche cenaron frijoles y tortillas duras. Pedro apenas comió. El calor dentro de la chosa era insoportable, pero el frío en su pecho era peor.
No era la muerte del becerro lo que lo enfurecía, era la humillación. 30 años agachando la cabeza, esperando que la promesa del patrón se cumpliera. Una promesa que se repetía cada año. Cuando cumplas 30, te doy lo tuyo. Lo tuyo. Nadie sabía qué significaba, ni siquiera Pedro. Pero cada vez que escuchaba esas palabras, algo en su estómago se revolvía. Porque lo tuyo podría ser todo o nada. Esa noche no pudo dormir. Pedro despertó antes del sol, como siempre, pero esa mañana sus huesos dolían distinto.
No era el cuerpo, era otra cosa. Había algo en el aire, como si el día trajera un peso que él no podía evitar. Luz le alizó la camisa con las manos temblorosas. Hoy se cumple Pedro, hoy tiene que darte lo que prometió”, dijo, aunque en su voz no había convicción, solo esperanza vestida de costumbre. Él asintió sin decir nada. Se amarró el cinturón con su única evilla y salió rumbo al patio central, donde ya se comenzaban a reunir los demás.
Todos sabían que ese día era especial, no por celebración, sino por lo que representaba. un trabajador fiel a punto de recibir lo suyo. Don Ramiro apareció como siempre, elegante, imponente, sonriente con la boca, pero no con los ojos. En sus manos llevaba una carpeta con documentos y detrás de él dos hombres con cara de abogados. Se acomodó junto a la mesa, colocó los papeles con cuidado y se aclaró la garganta. “Buenos días a todos. Hoy estamos aquí para honrar la lealtad”, dijo con un tono ensayado, como si repitiera un guion viejo.
Pedro, con las manos detrás de la espalda, solo escuchaba. Su corazón latía fuerte, pero su rostro seguía sereno. 30 años de servicio no se olvidan fácilmente. Por eso, tal como prometí, hizo una pausa para mirar alrededor. Te entrego esto, tu recompensa. Los murmullos comenzaron. Los papeles estaban ahí. Don Ramiro los levantó como si fuera un acto solemne. Te entrego una propiedad a tu nombre. Escritura legal, terreno propio. Pedro dio un paso al frente. Nadie respiraba. Recibió el folder con las manos sudadas.