Ese gesto cambió algo. Al día siguiente llegó un joven con una caja de huevos a cambio de verduras. Otro trajo a Bono a cambio de leche. Sin darse cuenta, Pedro y Luz se habían convertido en un punto de apoyo para otros. Marco bromeaba, “Ya ves, viejo, hasta empresario de trueques saliste.” Pedro sonrió sin arrogancia. Algo en él estaba floreciendo. Una tarde, mientras regaban, Luz notó que Pedro se detenía a observar el horizonte con frecuencia. “¿Esperas a alguien?”, Pedro pensó un momento.
No, pero presiento que alguien vendrá. ¿Quién? No sé. Tal vez alguien que también perdió algo y busca dónde volver a empezar. El silencio volvió a llenar el aire, pero esta vez era un silencio distinto. No era doloroso, era como una pausa antes de una nueva página. Fósforo se acercó a Pedro y se recostó a su lado. Pedro lo acarició con ternura. Por fin el aire se sentía limpio. El terreno por fin daba de comer a otros y también a su alma.
Esa noche Pedro se sentó frente al fogón con luz y marco. No hubo brindis ni celebración, pero sí una calma compartida que hablaba por todos. Luz. Con las manos sobre sus rodillas miraba el fuego con una leve sonrisa. Marco tallaba una tabla que usarían como señal para marcar la entrada del terreno. ¿Qué le vas a poner?, preguntó Luz. Marco pensó un momento. Tierra libre. Pedro asintió. Por primera vez sentía que ese nombre tenía sentido. Es justo. Aquí no hay deudas ni cadenas, dijo Pedro.
Solo manos que trabajan y bocas que agradecen. Y mientras el fuego crepitaba suavemente, Pedro levantó la vista hacia el camino. Sabía que la paz era frágil, pero tenía convicción. Y esa convicción estaba a punto de ser puesta a prueba otra vez. El sol estaba alto cuando la silueta de un hombre a caballo apareció en el camino. Luz fue la primera en verlo. Secó sus manos en el delantal y entrecerró los ojos. Es él, dijo sin emoción. Pedro se giró.
Ya sabía. Sintió como el aire cambiaba, como si cada hoja supiera quién se acercaba. Fósforo se levantó tensando el cuerpo sin ladrar. Don Ramiro desmontó con lentitud. vestía con su arrogancia habitual, pero algo en su rostro había cambiado. Tenía más arrugas, los ojos menos firmes, el gesto menos imponente. “Pedro”, dijo al llegar frente a la puerta de madera. Quiero hablar contigo. Pedro no se movió. Lo miró fijo, sin rencor, sin miedo. Aquí no hay nada que comprar ni vender.
No vengo por eso. Vengo porque ya no me queda nada. Confesó don Ramiro bajando la mirada por primera vez. Luz salió, se paró al lado de su esposo. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? Ramiro tragó saliva. El sudor le corría por la 100. He perdido la hacienda. Los bancos la remataron, mis hijos me dieron la espalda. Estoy solo. No está buscando tierra, dijo Pedro sin mo