Pedro lanzó la libreta al fuego. A la mañana siguiente quemó también los papeles del viejo terreno. Destruyó lo poco que quedaba de los mapas. Enterró los costales en un punto sin marca y después arrojó tierra y piedras encima. Luego colocó una cruz de madera como quien sepulta un capítulo de su vida que ya no quiere repetir. Esa tarde, cuando el viento sopló con fuerza, Pedro salió al patio y se quedó mirando el horizonte. Por primera vez en semanas sintió el aire entrarle sin culpa.
Respiró hondo con la frente alta. Había hecho una elección, una decisión irreversible, pero profundamente necesaria. Pedro pasó los días siguientes en silencio. No hablaba, no se quejaba, solo se movía entre la casa, el pozo y la cruz de madera que había plantado donde antes descansaban sus secretos. Luz no lo presionaba. Sabía que algo dentro de él había muerto con esas piedras. ¿Te arrepientes?, le preguntó una tarde mientras sembraban frijol en la parte más fértil del terreno. Pedro negó con la cabeza.
Solo me duele haber tardado tanto. Marco apareció un par de días después, no preguntó nada, solo trajo herramientas, clavos y madera. Entre los tres empezaron a levantar una pequeña cerca. No había planes, solo trabajo. Cada golpe de martillo parecía marcar un nuevo paso en su recuperación. Pedro no hablaba del pasado, pero cada estaca era como un perdón que se daba a sí mismo. El terreno había cambiado. Ya no era solo suyo. Ya no era el botín de una guerra contra Ramiro, ni el símbolo de su resistencia.
Era tierra, simplemente tierra. Y por primera vez Pedro la miraba con humildad, no con hambre. Una mañana, mientras revisaban la compostera, Luz le entregó una carta. Era de Ernesto. Pedía disculpas. Decía que se había equivocado, que lo habían usado, que no volvería. Pedro la leyó una sola vez, luego la quemó sin decir palabra. No le vas a contestar, preguntó Luz. Ya lo hice”, dijo mientras las cenizas se esparcían en el viento. Fue en esos días cuando ocurrió lo inesperado.
Una mujer delgada, con el cabello recogido en un chongo apretado, se presentó en la entrada. Traía una bolsa de semillas y una expresión humilde. “Me llamo Marta. Sé que ustedes siembran. Yo ya no tengo tierra ni fuerza, pero me quedan ganas. ¿Podría plantar algo aquí? Pedro la miró por un momento largo, luego caminó hacia la cruz, la observó en silencio y regresó. Sí, pero siembra con respeto. Aquí no cultivamos solo para comer, cultivamos para sanar. Marta asintió con los ojos vidriosos.