Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

El secreto había dejado de ser una esperanza. Ahora era una carga. Y como toda carga empezaba a pesar. Con cada piedra nueva que encontraban, Pedro se sentía más inquieto. Comenzó a marcar el suelo con pequeñas estacas. como si estuviera mapeando una mina invisible. Hacía cálculos en su mente, hablaba solo, anotaba cosas en una libreta vieja que antes usaban para apuntar los gastos del mes. Luz lo observaba en silencio. Lo amaba, pero lo veía cambiar. Lo que antes era fuerza de voluntad, ahora era ansiedad disfrazada de trabajo.

Sabía que el corazón de Pedro estaba en esa tierra, pero también sabía que un hombre con miedo puede ser más vulnerable que uno con hambre. Una tarde, Pedro encontró una piedra completamente cubierta de betas rojas. Nunca había visto una así. Era más grande, más pesada, más intensa. La limpió con un trapo y la sostuvo como si fuera un bebé. Esta sola podría cambiarlo todo. Dijo sin pensar. Luz lo miró desde la sombra. No dijo nada, pero esa frase la llenó de dudas.

¿Qué era todo? ¿La pobreza, la vida o ellos mismos? Esa noche, mientras Pedro dormía por fin, Luz se sentó frente al costal lleno de piedras, lo abrió, metió la mano y las tocó una por una. Estaban frías, hermosas, inquietantes. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No podía dejar de pensar en lo mismo. Cuando el hombre pobre encuentra algo valioso, no solo cambia su suerte, cambia su destino, su alma y a veces, hasta su juicio. Pedro llevaba días con la idea dándole vueltas en la cabeza.

El costal ya no era uno, eran tres y no sabía cuánto valía lo que tenían escondido. Pero una parte de él, una parte que nunca antes había tenido voz, ahora gritaba con fuerza. Esto no puede quedarse aquí. Luz lo notaba ausente. Lo veía caminar con los ojos puestos en el suelo, susurrando cifras, haciendo cuentas con palitos sobre la tierra. No era el Pedro de siempre. Ya no despertaba con calma. Se levantaba sobresaltado, como si hubiera dejado algo pendiente la noche anterior.

Ella sabía que el verdadero peligro no estaba fuera. Estaba creciendo en el corazón del hombre que amaba. Una mañana sin decir nada, Pedro bajó al pueblo. No para comprar herramientas, no para agua, fue en busca de alguien. Horas después volvió con Ernesto. Dice que sabe de minerales, explicó Pedro sin mirar a luz a los ojos. Ernesto miraba a su alrededor con una sonrisa discreta, caminaba con las manos en los bolsillos, inspeccionando con la mirada. Al ver el montón de piedras, arqueó las cejas.

¿Puedo ver? Pedro asintió. Sacó una de las piedras brillantes envuelta en un trapo. Ernesto la tomó como quien examina un diamante. La giró. La sopló, la acercó al sol. No está mal, esto tiene valor. Tienes más, Pedro dudó, luego asintió. Sí, mucho más. Ernesto lo miró directo a los ojos. Podemos hacer negocio. Tengo conocidos, joyeros, compradores privados, pero todo bajo la mesa, sin papeles, sin impuestos. Luz apretó los labios. Algo en ese hombre no le gustaba. ¿Y qué te llevas tú?

Preguntó. Una comisión justa, nada más. Pedro pensó en la palabra justo. Durante años había trabajado por migajas. Tal vez ahora él también tenía derecho a una ventaja. Esa noche Pedro no durmió. Se quedó sentado fuera mirando la bodega a medio construir. Luz salió con una cobija y se sentó junto a él. ¿Qué estás pensando? Pedro tardó en responder, “Si no lo vendo yo, alguien más vendrá y lo tomará. Al menos así controlamos algo. ¿Y si vendes tu alma sin darte cuenta?” Pedro no respondió, solo miró el suelo.

A la mañana siguiente, recibió a Ernesto con el costal en las manos. Luz observó desde la distancia, sintiendo que algo se quebraba entre ellos. Ernesto tomó tres piedras y las metió en una bolsa negra. Dame una semana, verás lo que podemos conseguir”, dijo mientras se marchaba. Pasaron los días. Pedro se ponía nervioso con cada hora que pasaba. Pensaba en el dinero, en cuánto podría valer, en cuánto tiempo más tendrían que esconderse. Luz, en cambio, se dedicó a limpiar la choza como si necesitara poner orden a algo que ya no controlaba.

Una noche, Luz encontró uno de los costales abiertos. Faltaban piedras. Pedro no lo había notado. No había sido Ernesto. No había huellas. No había señales de forzamiento. Solo la certeza de que el secreto ya no era suyo. Pedro enfureció. Cabó en el terreno buscando los otros costales. Los reubicó. Los envolvió mejor. Puso trampas improvisadas. No habló con nadie durante dos días. Hasta que llegó Ernesto. Volvió solo con una camioneta polvosa y el mismo aire confiado. Tengo comprador.

Te ofrece 20,000 por las tres que me llevé, pero quiere ver más. Dice que puede pagar mucho más si le das el resto. Pedro tragó saliva. 20,000 era más de lo que había gana