Su patrón Rico Lo ENGAÑO: Le pagó 30 años de servicio con un terreno inservible…

Sintió miedo de sí mismo. Don Rogelio bajó de la camioneta sin saludar. Caminaba como quien ya sabe lo que quiere y lo va a obtener. Pedro, parado con el costal en las manos, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ese hombre no venía a negociar, venía a tomar. Ernesto hizo la presentación en segundos. Él es Pedro, el dueño del terreno. Estas son las piedras. Pedro le mostró una de las más vistosas envuelta en una tela. Don Rogelio la tomó con guantes delgados, la examinó con una pequeña lupa y asintió sin emoción.

¿Cuántas tiene así? Muchas, respondió Pedro, aunque no sabía si era verdad. Rogelio se dirigió al vehículo y regresó con un maletín. Lo colocó sobre la mesa improvisada que Pedro había hecho con madera vieja. Lo abrió. Fajos de billetes prolijamente acomodados. Le ofrezco 100,000 por las piedras y la tierra. Todo. Pedro se quedó en silencio. Era una cifra que jamás había imaginado tener frente a él. Su corazón latía fuerte. Luz desde la sombra del árbol sintió el golpe como una traición anunciada.

Caminó lentamente hasta donde estaban sin decir una palabra. Incluye la tierra, repitió Rogelio. Necesito las Escrituras hoy. Pedro dudó. Quería preguntar por qué la tierra, por qué tanta prisa, pero no lo hizo. La voz de la ambición era más fuerte que la de la prudencia. Pedro, piénsalo bien”, dijo Luz en voz baja. “Es una gran oportunidad”, insistió Ernesto mientras mostraba los papeles ya listos. “Nadie más te dará esto en ningún lado.” Pedro no quería mirar a luz.

Temía ver en sus ojos lo que él mismo no quería reconocer. Miedo, tristeza, decepción. Finalmente firmó. Rogelio cerró el maletín, le dio la mano sin sonreír y se marchó. Esa noche la chosa parecía más fría que nunca. Luz no tocó el plato de comida. Pedro contaba el dinero por tercera vez. No sabía por qué. Quizá para convencerse de que había hecho bien. ¿Qué hemos hecho?, preguntó Luz sin levantar la voz. Pedro no respondió, solo la miró con un gesto seco, agotado, derrotado.

Pasaron dos semanas. El pedregal ya no les pertenecía. Llegaron camiones, perforadoras, ingenieros con cascos. Rogelio mandó levantar cercas nuevas y limpió toda señal de lo que alguna vez fue el hogar de Pedro y Luz. Excavaron día y noche, rompieron piedra, voltearon tierra, midieron con aparatos, pero no encontraron nada. Los ópalos habían desaparecido. Lo que Pedro había encontrado era un pequeño filón superficial, un accidente geológico. Había vendido todo por algo que ya no existía. Cuando Ernesto volvió, ya no tenía la sonrisa.

Traía una hoja arrugada en la mano. Don Rogelio quiere que firmes un documento más. Dice que hubo un error en la delimitación del terreno. Pedro ni siquiera lo leyó. Ya no es mío, que haga lo que quiera. Pero en su pecho algo se quebró. Con el dinero, Pedro compró un terreno a las afueras del pueblo, más llano, más accesible, pero sin historia. Construyó una casa modesta con lo justo. Luz la cuidaba como podía, pero nada volvía a sentirse como antes.