Era Camila.
No respondí.
Dejó un mensaje.
—Valeria… necesitamos hablar.
Lo ignoré.
Pero tres días después apareció frente a mi apartamento en Veracruz.
Parecía diferente.
Cansada.
—¿Podemos hablar? —preguntó.
Suspiré.
—Cinco minutos.
Entró.
Nos sentamos en silencio durante unos segundos.
Finalmente habló.
—Ricardo se fue.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Después de lo que pasó… empezó a gritarme en el coche. Dijo que todo era mi culpa.
—¿Y?
—Le dije que tenía razón.
Eso me sorprendió.
—¿En serio?
Asintió.
—Siempre te traté como si lo que tenías no importara.
No dije nada.
—Ricardo siempre decía que tu casa era “solo una casa vacía”.