—Sí.
Saqué mi teléfono y le mostré la pantalla.
—Tu familia dañó varias cosas dentro de la casa. Mi abogado ya está preparando una reclamación por daños.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Las alfombras están manchadas, rompieron dos copas de cristal y alguien rayó la mesa del comedor.
El capitán Morales habló con tono neutral.
—Todo ha sido documentado.
Ricardo parecía listo para explotar.
Pero no podía hacer nada.
Finalmente se marchó.
Las camionetas se alejaron por el camino de arena.
El silencio regresó.
El capitán Morales me miró.
—¿Necesita algo más, señora Cruz?
—No, capitán. Gracias por venir tan rápido.
—Para eso estamos.
Se marcharon.
La casa volvió a quedar en silencio.
Entré lentamente.
El olor a cerveza y comida aún estaba en el aire.
Pero seguía siendo mi casa.
Caminé hacia la terraza.
El mar estaba tranquilo.
Las olas rompían suavemente contra la arena.
Me senté en una silla de madera.
Por primera vez en todo el día…
Respiré en paz.
Creí que la historia terminaría ahí.
Pero estaba equivocada.
Dos días después recibí una llamada.