Porque debajo no estaba aquello que había temido durante meses.
No había nada vulgar. Nada indecente.
Lo que había era un grueso expediente médico, perfectamente acomodado, junto a una bolsa llena de medicamentos y estudios del Hospital Civil de Guadalajara.
Isabella se incorporó de inmediato y trató de cubrirlos.
Su voz temblaba:
—Perdón… Quería decírtelo antes. Pero tenía miedo de que cambiaras de opinión.
Me quedé inmóvil.
Ella bajó la cabeza y confesó:
—Tengo un trastorno hormonal desde pequeña. Síndrome de ovario poliquístico y problemas de tiroides. He tomado medicinas toda la vida… Mi peso está fuera de control. Los médicos dicen que quizá nunca pueda tener hijos.
El silencio llenó la habitación.
Y de pronto entendí.
No era porque fuera fea.
No era por su edad.
Era porque nadie había tenido paciencia suficiente para escuchar su historia completa.
Isabella rompió en llanto:
—Mi padre solo necesita que alguien acepte casarse conmigo. Yo… solo necesito que alguien no huya la primera noche.
La miré.
Y me vi reflejado en ella.
Un muchacho pobre de Oaxaca, al que alguna vez llamaron “indio muerto de hambre”, al que echaron de lugares por su ropa gastada.
Ambos éramos personas despreciadas por la sociedad.