Siendo un simple peón de construcción en la ciudad, acepté casarme con la hija de mi patrón, de 45 años, conocida como “la solterona” por pesar 140 kilos… La noche de bodas levanté la sábana y me quedé paralizado…

Siendo un simple peón de construcción en la ciudad, acepté casarme con la hija de mi patrón, de 45 años, conocida como “la solterona” por pesar 140 kilos… La noche de bodas levanté la sábana y me quedé paralizado…

Llegué a Ciudad de México a los 18 años para trabajar como peón de obra. Soy de un pueblito pobre cerca de Oaxaca, donde sembrar maíz todo el año nunca alcanza para vivir con tranquilidad. No tengo estudios ni profesión. Solo fuerza, juventud y manos llenas de callos.

Viví dos años en un cuarto improvisado en Iztapalapa, comiendo tacos baratos y durmiendo hacinado con otros albañiles. Mi único sueño era tener algún día una casa propia, algo digno.

Y entonces la “oportunidad de cambiar mi destino” llegó de la forma más inesperada.

Mi patrón, Don Esteban Morales, dueño de varios grandes proyectos en Guadalajara, me llamó un día a su oficina. Me miró largo rato antes de hablar con franqueza:

—Cásate con mi hija. Te doy la administración de mis departamentos en Zapopan, una casa pequeña y una camioneta.