Sentí que el mundo se detenía.
Su hija, Isabella Morales, tenía 45 años. Pesaba 140 kilos. En Guadalajara todos la conocían como “la solterona”. Dondequiera que iba, escuchaba murmullos y risas a sus espaldas.
Me quedé helado.
Pero Don Esteban fue claro:
—Si te casas con ella, tu vida cambia. Si no, seguirás siendo peón toda tu vida.
Pensé exactamente una noche.
Y acepté.
Porque en ese momento creí… que no tenía nada que perder.
La boda fue discreta, en una pequeña iglesia de Zapopan. De mi familia no asistió nadie. Solo mi amigo Diego, compañero de obra, estuvo allí como testigo.
La noche de bodas entré a una habitación cuatro veces más grande que el cuarto de renta donde solía dormir. Isabella estaba sentada en la cama. Ya no llevaba el vestido blanco, sino una pijama amplia. Intentaba sonreír.
Pero en sus ojos había miedo.
Yo sabía que temía que saliera corriendo.
Me acerqué lentamente. Respiré hondo. Me prometí ser un buen esposo, aunque no hubiera amor.
Levanté suavemente la sábana…
Y grité:
—¡Dios mío!