Una tarde, mientras Clara trabajaba con Gabriel —el verdadero dueño de las tierras, un joven chef que había llegado siguiendo mapas de su abuelo y se había quedado maravillado por la labor de Clara—, el infierno se desató. Rogelio apareció en la entrada, con una navaja brillando en la mano.
—¡Vaya, vaya! Así que aquí es donde escondes mi dinero —dijo tambaleándose. Gabriel intentó intervenir, pero Rogelio estaba loco de celos y alcohol. De un golpe, tiró la mesa donde reposaba la producción de semanas. Las botellas se rompieron. El aceite se derramó en la tierra. —¡Eso es para que aprendas quién manda! —gritó Rogelio—. Y me llevo lo único que vale algo aquí.
Desató a Baltazar. El burro se resistió, pero Rogelio lo golpeó brutalmente y lo arrastró camino abajo. —¡Lo voy a vender al matadero!
Clara sintió que moría. Gabriel, con la mandíbula apretada, la levantó del suelo. —Sube al jeep. No vamos a permitir esto.
La persecución fue frenética. Llegaron al rastro municipal justo cuando Rogelio cerraba el trato con el carnicero. Baltazar estaba atado a una camioneta oxidada, con la mirada triste de quien se despide de la vida.
—¡Suéltalo! —gritó Clara, saltando del jeep. —¡Lárgate, loca! Ya lo vendí —se burló Rogelio.
El carnicero avanzó hacia Gabriel con un gancho en alto, y Rogelio sacó su navaja. Iban a perder. Pero olvidaron un detalle: Baltazar ya no era el burro viejo que Rogelio había abandonado. Meses de buena comida, agua limpia y amor le habían devuelto la fuerza. Y los burros tienen memoria.
Al ver a Clara en peligro, Baltazar rompió la cuerda con un tirón brutal. No huyó. Cargó. Embistió a Rogelio por la espalda con la fuerza de un tren. El golpe seco lanzó al hombre de bruces contra un charco de lodo y sangre. El carnicero, distraído, fue empujado por Gabriel. —¡Corre, Clara!
Escaparon por los callejones, con el burro trotando libre junto a ellos, dejando atrás a un Rogelio humillado en el fango.
Esa noche, bajo un puente, Clara abrazó a su burro y supo que había ganado una batalla, pero la guerra final estaba por llegar.
El plazo de treinta días que un capataz corrupto, alias “El Turco”, les había dado para desalojar, se cumplía al amanecer. Rogelio, furioso y humillado, se alió con él. Al amanecer, el suelo retumbó. No era un terremoto. Eran bulldozers. Máquinas amarillas avanzaban para aplastar la casa de piedra y arrancar los olivos centenarios. Rogelio iba al frente, con papeles falsos y sonrisa sádica.
—¡Tírenlo todo! —ordenó El Turco. Clara se paró frente a la máquina más grande. Sola. Pequeña ante el monstruo de acero. —¡Tendrán que pasar sobre mí! —gritó, con una voz que hizo dudar al operario.
—¡Acelera! —bramó Rogelio—. ¡Es mi mujer y yo doy el permiso!
La pala mecánica se alzó. Mateo y Sofía gritaron desde la casa. Parecía el final. Pero entonces, Gabriel dio un paso al frente, sacando un teléfono y una carpeta de cuero. —¡Alto! —su voz resonó con autoridad—. Soy Gabriel Villalobos. Dueño mayoritario de la constructora.
El silencio fue absoluto. El Turco palideció. El apellido Villalobos era el de los dueños de todo. —Estás despedido por robo y falsificación —dijo Gabriel, tranquilo pero letal—. Y tú —señaló a Rogelio—, la policía viene en camino por intento de homicidio y maltrato animal.