Se marchó con una sonrisa de desprecio, dejándola sola con un burro viejo. El día del reencuentro, aquella sonrisa había desaparecido por completo.

El viento soplaba con furia seca, levantando remolinos de polvo que golpeaban el rostro de Clara como si la tierra quisiera advertirle del dolor que se avecinaba. Pero nada quemaba tanto como las palabras que acababan de salir de la boca del hombre al que había amado durante ocho años.

—¡Lárgate de mi vista! Eres tan inútil como este burro viejo y cojo —bramó Rogelio, lanzando una maleta de ropa vieja sobre la tierra agrietada.

Clara cayó de rodillas. No por debilidad, sino por súplica. Aferrada a sus piernas, con el pequeño Mateo de seis años y Sofía de cuatro escondidos tras su falda, le rogó. Le rogó no por ella, sino por ellos.

—Rogelio, por Dios, no tenemos a dónde ir. Los niños… —¡Me tienen harto! —la interrumpió él, con los ojos inyectados de alcohol y desprecio—. Me largo a la ciudad. Allá tengo a una mujer de verdad, una que tiene dinero, no una que huele a cebolla y tierra como tú.

El corazón de Clara se rompió en mil pedazos. Así que era cierto. La dueña de la cantina, esa mujer que siempre la miraba por encima del hombro en misa. Rogelio se había jugado hasta la dignidad en las cartas y en la cama de otra.

—La casa… es la herencia de tus padres —intentó Clara, con la voz quebrada. —Ya no es mía. La perdí anoche en el póquer contra el capataz de la hacienda vecina. Tienen veinticuatro horas para largarse antes de que vengan a sacarlos a patadas.

Rogelio subió a la camioneta roja. Clara corrió, intentando aferrarse a la ventanilla. —¡Déjanos la camioneta al menos! ¡Sofía no puede caminar hasta el pueblo! —¡Quítate, loca! —gritó él, acelerando—. ¿Quieres algo? ¡Toma! Ahí tienes tu herencia.