Al tercer día, el agua se acabó. Los labios de Sofía estaban partidos y Mateo lloraba en silencio, sin lágrimas. Clara cayó rendida bajo la sombra raquítica de un mezquite seco. —Perdónenme —sollozó, abrazando a sus hijos—. Les fallé. Mamá les falló.
Estaban en un callejón sin salida, una barranca profunda rodeada de muros de piedra. Era el fin. Pero entonces, un sonido rítmico rompió el silencio. Poc, poc, poc.
Baltazar no estaba descansando. El burro estaba en una esquina, golpeando frenéticamente el suelo con su pata sana. Escarbaba con desesperación, resoplando, insistiendo. Clara se levantó con las últimas fuerzas. —¿Qué haces, viejo? —murmuró. El burro la miró y soltó un rebuzno agudo. Clara se acercó y vio que la tierra que removía no era gris, sino oscura. Húmeda. Cayó de rodillas y empezó a cavar con sus manos, rompiéndose las uñas, ignorando el dolor. Y entonces, el milagro brotó. Un hilo de agua turbia, marrón, pero bendita. —¡Agua! ¡Niños, agua!
Filtraron el líquido con su rebozo. Bebieron como si fuera néctar de los dioses. Baltazar había encontrado un ojo de agua subterráneo, una vena de vida en medio de la muerte. Y no solo eso. Al saciar la sed y mirar alrededor con nuevos ojos, Clara vio las ruinas. Muros de piedra volcánica que alguna vez fueron una casa. Y rodeando la casa, cientos de árboles secos, retorcidos como esqueletos grises.
—Un castillo —dijo Mateo, con la inocencia de los niños. —Sí, mi amor. Nuestro castillo —respondió Clara, sintiendo una extraña energía recorrerle la espalda.
Esa noche, durmieron protegidos por los muros. Al día siguiente, buscando leña, Clara intentó romper una rama de esos árboles “muertos”. La rama no crujió; se dobló. Clara sacó una navaja vieja y hizo un corte en la corteza. Debajo del gris mortuorio, brilló un verde intenso y húmedo.
Su abuelo le había hablado de ellos. Olivos. Los árboles inmortales. Podían dormir cien años y despertar con una sola caricia de amor. —Están vivos —susurró Clara, y sintió que ella también lo estaba.
Durante los siguientes meses, la mujer “inútil” se convirtió en una guerrera. Con sus manos sangrantes, podó, limpió y cuidó aquel huerto olvidado. Baltazar cargaba el abono y el agua. Los niños quitaban las plagas. Y la tierra, agradecida, respondió con una explosión de vida. Los árboles florecieron y dieron aceitunas negras y brillantes como obsidiana.
Clara no tenía maquinaria, así que molió las aceitunas con piedras de río, como lo hacían los ancestros. El resultado no fue aceite común. Fue un líquido denso, color esmeralda, con aroma a hierba fresca y sol que embriagaba. Bajó al pueblo con miedo, con veinte botellas improvisadas. Regresó con los bolsillos llenos de dinero y la certeza de que había encontrado oro verde.
Pero la felicidad siempre parecía tener un precio. La noticia de la “mujer del burro milagroso” llegó a Rogelio, sucio, borracho y arruinado. La codicia se encendió en sus ojos.