A la mañana siguiente, el aroma del café despertó al forastero.
Los gemelos seguían dormidos, acurrucados bajo las cobijas. Él se levantó con cuidado y entró a la cocina, donde Elena removía un cazo de atole en el fogón. La luz de la mañana doraba el perfil de su rostro severo y sus manos curtidas.
—Buenos días —dijo él, incómodo—. Perdón por todo.
—Siéntese —contestó ella, sirviéndole un plato de atole y un pedazo de pan—. Debe tener hambre.
El hombre comió como quien lleva días sin probar algo caliente. Elena lo observó en silencio hasta que decidió preguntar:
—¿Cómo se llama?
—Tomás Vargas. Y ellos son Mateo y Gael. Cumplieron seis meses hace poco.
Elena asintió.
—¿Y la madre?
Tomás bajó la vista.
—Murió hace tres meses. En el parto.
La cocina se quedó quieta.
—Lo siento —murmuró Elena.
Tomás tragó saliva.
—Vivíamos más al sur. Después de que se fue… ya no pude quedarme. Todo me hablaba de ella. Agarré a mis hijos y salí a buscar trabajo. Lo que fuera. Donde fuera.
Elena lo miró largo rato. Sabía cómo se veía la gente que seguía respirando por pura obligación.
Miró por la ventana: las cercas caídas, la huerta medio seca, el corral necesitado de arreglo. Desde que su padre murió dos años atrás y su madre lo siguió seis meses después, había intentado sacar adelante el rancho sola. Pero la tierra, el ganado y los días eran demasiado para una sola persona, y más para una mujer en un tiempo en que todos la miraban con mezcla de lástima y burla.
—¿Sabe trabajar la tierra? —preguntó al fin—. ¿Levantar cercas, cuidar animales, sembrar?
Tomás levantó la vista.
—Desde niño.
Elena respiró hondo.
—Puedo ofrecerle un trato. Usted me ayuda con el rancho y yo les doy techo y comida a usted y a sus hijos. No le prometo lujos, pero aquí nadie va a pasar hambre.
Tomás se quedó inmóvil.
—¿Habla en serio?