—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.
La neblina subía desde la tierra como si el campo exhalara almas antiguas.
Era una noche fría de finales del siglo XIX, en las afueras de Zacatecas, cuando los caminos de terracería parecían no terminar nunca y cada rancho vivía encerrado en su propio silencio. A esas horas nadie andaba por ahí, y menos hacia la hacienda de Elena Robles, una mujer sola que sostenía con terquedad las tierras que sus padres le dejaron.
Elena alzó la lámpara de aceite cuando oyó pasos acercándose por el sendero.
Su corazón se tensó.
Una mujer sin marido, viviendo apartada, aprendía pronto a desconfiar de cualquier sombra nocturna. Aguzó el oído. No era el paso rápido de un ladrón ni el trote de un jinete. Era el andar cansado de alguien que ya no podía dar un paso más.
Cuando la figura salió de la niebla, Elena vio primero el sombrero maltratado, luego los hombros anchos, vencidos por el cansancio, y después lo que llevaba entre los brazos.
Dos bultos pequeños envueltos en mantas.
Cuando la luz de la lámpara le iluminó el rostro, entendió.
Eran bebés.
Dos caritas coloradas por el frío, pegadas al pecho de un hombre que parecía haber cruzado medio país con el dolor a cuestas.
—Buenas noches, señora —dijo él, quitándose el sombrero con respeto—. Perdone que toque a estas horas. Caminé todo el día y los niños ya no aguantan el frío. ¿Tendría un rincón en el granero para pasar la noche? Al amanecer me iré. No voy a causarle problemas.
Elena lo observó sin responder.
Los niños temblaban. El hombre también, aunque intentaba ocultarlo. Tenía el rostro curtido, la barba descuidada y unos ojos oscuros donde no había amenaza, solo agotamiento.
Pero el miedo habló primero.