Ethan giró tan rápido que casi resbaló sobre las hojas húmedas. Lily dio un paso atrás y se pegó a su costado. William Harrington estaba a menos de dos metros, inmóvil, con el rostro endurecido y la mirada clavada en la ventana.
Pero cuando Ethan volvió a mirar el cristal, la mujer ya no estaba.
La cortina estaba cerrada.
Como si nada hubiera pasado.
—Les dije que trabajaran en el jardín —dijo Harrington, con una voz tan fría que Lily bajó la cabeza de inmediato—. No que se dedicaran a espiar mi casa.
—No estábamos espiando —respondió Ethan, aunque la garganta se le cerraba—. Mi hermana solo vio…
Se detuvo.
No sabía si debía decirlo.
Los ojos del anciano se fijaron en él con una intensidad incómoda.
—¿Vio qué?
Ethan tragó saliva.
Lily apretó su manga con fuerza, suplicándole en silencio que no hablara.
Pero ya era tarde para retroceder.
—A una señora —dijo al fin—. Allí. En la ventana.
Durante un segundo, algo pasó en el rostro de Harrington.
No fue miedo.
No exactamente.
Fue algo más difícil de nombrar.
Una grieta.
Un temblor casi invisible en un hombre que parecía hecho de mármol.
Después volvió a endurecerse.
—Aquí no vive ninguna señora —cortó—. Terminen su trabajo.
Y siguió caminando.
Entró de nuevo en la mansión sin añadir una sola palabra.
Ethan se quedó quieto unos segundos, mirando la puerta cerrarse tras él.
Algo no estaba bien.
Lo sintió en el pecho.
En la forma en que Harrington había reaccionado.
En la rapidez con la que había negado aquello.
En esa mirada que, por un instante, no había sido la de un hombre irritado… sino la de alguien acorralado por un recuerdo.
—Yo la vi —susurró Lily, pálida—. No estoy mintiendo.
—Lo sé —respondió Ethan.
Siguieron trabajando, pero ya nada fue igual.
El jardín continuó llenándose de montones de maleza y ramas secas, pero la atención de Ethan no lograba quedarse en la tierra. Cada pocos minutos levantaba la cabeza. Miraba la casa. Las ventanas. Las cortinas inmóviles.
A media tarde, un ama de llaves salió por la puerta lateral con una bandeja.
Era una mujer delgada, de cabello blanco recogido con una precisión casi rígida. No sonreía. No parecía amable. Pero en la bandeja había dos vasos de leche, pan con mantequilla y trozos de pollo frío.
Lily abrió los ojos con desesperación.
Ethan murmuró un gracias.
La mujer dejó la bandeja sobre un banco de hierro del jardín y, antes de retirarse, clavó sus ojos en los niños.
—Coman despacio —dijo en voz baja—. Y no hagan preguntas que no les corresponden.
Luego se marchó.
Lily ya tenía las manos sobre el pan, pero Ethan no se movió.
La frase se le quedó dando vueltas.
No hagan preguntas.
No “no se acerquen”.
No “no miren”.
No “el señor se enfada”.
No hagan preguntas.
Como si hubiera algo que no debía nombrarse.
Comieron rápido, aunque intentando obedecer. Lily lloró mientras tragaba los primeros bocados, porque el hambre a veces duele más cuando por fin termina. Ethan guardó parte del pollo dentro de la bolsita plástica vacía que ella llevaba. Era para Sophia. No importaba cuánto rugiera su estómago. Primero ella.
Cuando terminaron, reanudaron el trabajo.
El sol ya empezaba a bajar cuando Ethan llevó una carretilla cargada de ramas hacia la parte trasera del terreno. Allí, detrás de una hilera de cipreses, vio una construcción pequeña separada de la casa principal. No era exactamente un cobertizo. Parecía una antigua casa de huéspedes o un estudio privado. Las persianas estaban cerradas. Las paredes, descuidadas. Y la puerta tenía un candado nuevo.
Ethan dejó la carretilla.
No sabía por qué, pero sintió un tirón dentro del pecho.
Caminó dos pasos hacia la construcción.
Entonces la oyó.
Muy débil.
Casi un roce.
Como si alguien hubiera golpeado dos veces desde adentro.
Su sangre se congeló.
Miró alrededor. No había guardias cerca. No había nadie viéndolo.
Se acercó un poco más.
—¿Hola? —susurró.
Silencio.
Luego, otra vez.
Dos golpes cortos.
Lily apareció detrás de él, arrastrando una bolsa de hojas secas.
—Ethan… ¿qué haces?
Él le hizo una seña para callar.
La niña escuchó.
Los dos golpes volvieron a sonar.
Ahora los oyó también.
Sus ojos se llenaron de terror.
—Hay alguien ahí —murmuró, casi sin aire.
Ethan se aproximó a la puerta. El candado era pesado. Nuevo. Innecesario para un cobertizo viejo.
Y entonces, desde dentro, llegó una voz.
Débil. Ronca. Casi rota.
—Por favor…
Los dos hermanos se quedaron inmóviles.
—Por favor… ¿hay alguien?
Era una mujer.
La misma.