Su padre, Alejandro Santillán, uno de los empresarios tecnológicos más ricos de México, ya había gastado una fortuna intentando resolver el misterio. Nutriólogos infantiles, psicólogos, psiquiatras, terapeutas ocupacionales, cocineros con estrellas Michelin. Nadie podía explicar por qué aquel niño, que antes corría a la cocina pidiendo tortillas con frijoles o sopa de fideo, ahora permanecía inmóvil y en silencio, como si el hambre le hubiera abandonado el cuerpo junto con la alegría.
La mansión de Las Lomas era enorme, impecable y fría. Tenía techos altísimos, pisos de mármol y ventanales que daban a jardines perfectamente recortados. Pero desde que Mateo dejó de comer, la casa parecía un mausoleo. Ni el dinero, ni la tecnología, ni el prestigio podían devolverle la vida a ese niño que se iba apagando frente a los ojos de su padre.
Una mañana, después de despedir a otro grupo de especialistas inútiles, Alejandro se quedó solo en el comedor. Miró a su hijo, perdido en aquella silla enorme donde los pies ni siquiera le tocaban el suelo, y sintió un miedo que no se parecía a nada de lo que hubiera vivido en los negocios.