Mi tía me quemó la cara con agua hirviendo. Y ahora soy yo quien le da de comer.

Rejoice estaba haciendo arroz y se le olvidó revisar la olla porque estaba barriendo el patio. Cuando regresó, el arroz ya se había quemado un poco.

Al ver la olla, los ojos de Mónica se llenaron de furia.

—¡Chamaca inútil! ¿Sabes cuánto cuesta el arroz en el mercado?

—Tía, perdón… no fue a propósito, estaba barriendo—

Pero no la dejó terminar. Mónica agarró el hervidor con agua hirviendo y se lo aventó directo a la cara.

El grito de la niña no fue solo de dolor… fue el sonido de una inocencia rompiéndose.

—¡Mi cara! ¡Mamá! ¡Mamá! —gritaba, revolcándose en el suelo.

Los vecinos llegaron corriendo. Un hombre llamado Kevin la llevó a la clínica más cercana. Las enfermeras quedaron impactadas.

—¿Quién hizo esto? ¡Esto no es un accidente! ¡Es maltrato!

Su cara estaba llena de ampollas. Su ojo izquierdo cerrado. La piel desprendiéndose. Durante días no pudo ni comer ni hablar bien.

Llamaron a la policía. Pero Mónica, conocida en la iglesia y con contactos, dijo:

—Ella sola tiró el agua. Dios es testigo, yo la quiero.

Nadie le creyó. Pero sin pruebas, no pasó nada.

Semanas después, Mónica la mandó al campo, con su abuela.

Esa noche, mirando las estrellas, Rejoice susurró:

—Dios… ¿por qué ganan los malos?

Y luego, como una promesa:

—Algún día… ya no voy a ser pobre.