—Significa —dije con serenidad— que algunas verdades no pueden comprarse… ni enterrarse para siempre.
Mis dedos soltaron la carpeta.
Los papeles cayeron suavemente sobre el suelo de mármol.
Pero no eran papeles cualquiera.
Eran registros.
Documentos legales.
Pruebas.
—Hace cinco años —continué—, firmé un acuerdo. Acepté desaparecer. Acepté el dinero. Acepté ser borrada.
Mi mirada se desvió, por primera vez, hacia Don Alejandro.
El hombre que ahora ya no parecía tan imponente.
—Pero nunca acepté mentir.
El aire se volvió denso.
—Estos niños… —dije, colocando una mano sobre la cabeza de uno de ellos— son herederos legítimos de la sangre de la familia De la Vega.
Un jadeo colectivo llenó el salón.
Sebastián dio otro paso adelante.
—¿Son… míos? —preguntó, con una mezcla de miedo y esperanza que le rompía la voz.
Lo miré fijamente.
Y por primera vez en cinco años…
Sonreí.
—Siempre lo fueron.
El mundo pareció inclinarse.
Sebastián llevó una mano a su rostro, como si necesitara sostenerse.
Sus ojos brillaban.
No de duda.
De reconocimiento.