De algo que nunca había desaparecido.
—¿Por qué… no me lo dijiste? —preguntó, casi en un susurro.
—Porque no me dejaron —respondí, con calma—. Porque tu familia decidió que yo no era suficiente. Y tú… decidiste creerles.
El golpe fue directo.
Sin adornos.
Sin suavidad.
Sebastián cerró los ojos por un segundo.
Cuando los abrió, algo en él había cambiado.
Ya no era el heredero perfecto.
Ya no era el hombre que obedecía sin cuestionar.
Era… un padre.
Y, quizás, por primera vez…
Un hombre libre.
Se giró lentamente hacia Isabella.
El vestido blanco, los arreglos florales, los invitados, todo lo que representaba aquella boda perfecta… de pronto parecía irrelevante.
—Lo siento —dijo con firmeza—. No puedo hacer esto.
El murmullo se convirtió en caos.
Isabella lo miró, incrédula.
—¿Estás cancelando la boda… por ella?
Sebastián negó con la cabeza.
—No —respondió—. La estoy cancelando… por ellos.
Y miró a los niños.
Cuatro pequeños que lo observaban en silencio, sin comprender del todo, pero sintiendo que algo importante estaba ocurriendo.
Don Alejandro dio un paso adelante.