Mis ojos no se apartaron de Sebastián.
—Han pasado cinco años —dije, deteniéndome a unos metros del altar—. Pensé que, al menos hoy… alguien tendría el valor de decir la verdad.
Un murmullo recorrió el salón.
Sebastián dio un paso hacia mí.
—Yo… —intentó hablar, pero su voz se quebró.
Y entonces…
Los niños caminaron.
Uno a uno.
Cuatro pequeños pasos sincronizados que resonaron con una precisión casi inquietante.
Se detuvieron a mi lado.
Cuatro rostros.
Cuatro pares de ojos.
Cuatro reflejos perfectos del hombre que temblaba frente a nosotros.
El silencio dejó de ser silencio.
Se convirtió en una explosión contenida.
—Dios mío…
—Son iguales…
—Es imposible…
Las voces se multiplicaban, subiendo de tono como una ola que ya no podía ser detenida.
Isabella retrocedió un paso.
—¿Qué significa esto? —exigió, esta vez con la voz temblorosa.
Fue entonces cuando levanté el documento que llevaba en la mano.